La eternidad (6-XII-2017)

La eternidad mece, ondula,
abre de par en par su túnica de viento;
en el espacio de su seno esplende
una constelación de luz acumulada.
El Padre la detiene. Un instante
mete su mano turbulenta hasta la entraña
y la abre sobre la piel del mundo.
Un alud de semillas cae, parpadeando.
Se fecunda la tierra. Cada segundo se fecunda.
El hombre entra a la prisión de su cuerpo
doblada la cerviz
y vuelve a tirar de sí, uncido al yugo de la vida,
hasta que aspira el Padre
y volvemos al seno de la Madre.

Enriqueta Ochoa

Almanaques de otoño (20-VIII-2017)

Asoma el sol.
Bosteza la luz desperezándose
y el día se echa a andar
con su nombre de vidrio.
Sosegado, a la sombra del verano,
el silencio teje su pudor.
En el cauce donde ayer se ahogaba la arena
hoy se hospeda el aroma del amanecer.
Frente a la tersa campana de la tarde
sonroja el horizonte un leve temblor de vino derramado.
Bajo el ocre en llamas cruje la hojarasca
y el otoño agita su crepúsculo herido
desde la ventana de la nostalgia.
Amanecen los días entumecidos
en aguas de silencio.
Al fondo
Un campo de nieve acumula su luz tranquila
en los copos de la memoria.

Enriqueta Ochoa

​Para evadir el cierzo de la muerte que llega (26-III-2017)

De ti lo habría amado todo:
tu cabeza como luz de topacio en el hastío,
el llanto, la caricia, la palabra brutal,
la soga que amansara mis ímpetus cerriles
y, sobre todo, el hijo.
Ese mar
que juntara la turbulencia de nuestras dos avideces.
Ese mar donde irían haciéndose profundos
de ternura los ojos.
Pero ni tú ni yo vivimos el momento propicio para amarnos.
De paso en paso, un abismo,
en cada oreja, una espina,
en cada latido, un monte de zozobra
quebrantando el resuello.
Y de qué sirve odiar, forzar,
hacerse añicos dentro
si todo es ir buscándonos,
arropándonos para evadir el cierzo
de la muerte que llega.
Lucha por subsistir,
por mirar nuestro polvo crecerse en otro polvo
para encontrar de nuevo la oquedad amorosa
que libre a los sentidos
de la asfixia más pura de la muerte:
la soledad.
Pero hay quienes nacimos para morir en nuestro propio cuerpo.
No hay puertas. No hay ventanas.
Las ventanas incitan sin saciarnos.
Las puertas nos liberan.
Mas no hay puertas ni ventanas.
Hay la fiebre en los ojos
que va tras de la luz estremeciéndose.
Hay la sangre a galope.
El desvaído paso recorriendo las calles aturdidas
de sinfonolas, magnavoces, estridencias de claxon.
Y el viento barriendo hojuelas doradas de elote
en el mes de junio.
Y la fresca respiración de un cine
donde ruedan botellas de Coca Cola
y envolturas de Milky Way,
y la arena caliente del aire sofocado.
Y el amor, ¿dónde?
Y los amantes, ¿dónde?
Y tú, amor, viento, canto… ¿dónde?

Enriqueta Ochoa