XXIII (23-IV-2018)

 

Los cantineros, en todos los países,
tienen algo en común. Muestran siempre
cierta facilidad para adaptarse al mundo,
para ver los problemas como algo venidero,
inevitable. Uno habla con ellos como con un hermano,
con ese simple lenguaje universal
de lo incomprensible.
–         Se invita mutuamente la cerveza, el vino,
el cognac acaso, si el bar es lujoso,
y se mira pasar toda esa larga historia
a la que los viajeros nos hemos ya acostumbrado.
–         Se puede hablar lo mismo del costo de la vida,
la calidad de la cerveza consumida a solas
o algún otro tema no menos trascendente: las mujeres,
los dioses o el beisbol.
Ellos están siempre dispuestos,
filósofos eternos, a discurrir sobre todos los temas peliagudos,
sobre asuntos confusos a los que el simple bebedor
no ve salida, y tiene la virtud de saber conservar,
cuando el viajero pierde el juicio, la ecuanimidad.
–         Pero igual que nosotros están solos. Los cantineros
siempre están solos: se ven ir por los días
hablando todo el tiempo con esporádicos
andantes, con buscadores de la vida, aventureros siempre
son lugar preciso, y ven venir la muerte como cualquier humano,
a pesar de su casi idílica frescura,
y hay cantineros en el mundo que no podrán morir jamás.

Gilberto Mesa (1954)
Nadina y los patos
SEP/Crea, México, 1984

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