Hoja de abril (17-V-2018)

 

Te quise hoja de abril suspensa
–          en la más alta rama.
–          Te quise, te diré. Sólo
–          pensarlo y vi en tus ojos
–          el otoño marchito, cruzó
–          el viento y lo dije.
No impone al corazón perseverancia
–          tan desacompasado movimiento.
–          Te quise, te diré. Te quise,
–          Bien querido, tiempo pasado.
–          Fluye el tiempo en mi mano;
–          creí que tus ojos lo detendrían.
(Ilusa alma mía, ¡despierta! Los cadáveres
–          todavía calientes de mis amigos
–          de anoche, muertos, al amparo
–          de tu abandono. ¡Mis amantes cautivas

–          la leche tibia de la muerte, mientras dormías!
Iba a tus ojos para ver mi regreso. Despierta,
–          hija, si tardas no me encontrarás.
–          Y unos me negaron el don de profecía.
–          Y otros celebrarán sin haber entendido.
–          Quizá tú cuando vieja, niña, comprendas
–          lo que la mano escribía, al momento de acariciarte.

Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985)
Recolección a mediodía
Conaculta, México, 1995

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Libertad de pensamiento (17-III-2018)

 

I
Yo fui durante años, por propia voluntad
y estudios, a los archivos de la Santa Inquisición
de la Nueva España. Me empantané
en herejías y supersticiones,
en oraciones mágicas y bailes deshonestos,
en crímenes cortesianos y judaizantes.
Podría superar fácilmente la bibliografía
especializada. He visto confesiones y delaciones
firmadas con la sangre de los inocentes,
he visto marcas de fuego en la abierta
libertad de los libros, el mal amor,
la maldad, la cobardía y el miedo,
el falo ofrecido a la Virgen
y la dogmática embriaguez.
He visto el delirio y la perversión de la fe,
el juramento falso y la crueldad,
el empecinamiento y la fortaleza.
Yo podría contarles muchas historias,
como don Artemio de Valle-Arizpe.
Pero prefiero callar este borrón puerco
de los hombres o sacar una lección de pudor
y respeto para el pensamiento de mis hijos.

II
Y yo que quería escribir lo que me viniera
en gana, como un hombre, y ellos me dijeron
que eso era pura mariconería, que las ideas
debían ser revisadas. Yo les dije que la poesía
se escribía con palabras y que la política,
sin ideas. Y me dijeron (los muy sabidos)
que el tipo ése se pasó la vida abanicándose
con los abanicos de Mme. y Mlle. Mallarmé, y
que todo eso me iba a pesar, porque instalarían
la dictadura del bien, perfecta e infalible.
Y a mi hermana la monja la dejaron desnuda
en plena calle y a mis niños les dieron un silabario
perfecto, intolerante, sin elogio de la locura.
Yo no tengo nada contra los negros ni contra
la repartición de la tierra; pero no estoy
conforme con la sumisión de las letras negras
de la imprenta ni con el despilfarro de balas
rojas de odio. El capitalismo está sentenciado.
Yo moriré con él, dicen, y muchos más morirán.
¡Pobres de nosotros, y sin haberlo gozado!

Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985)
Material de lectura. Poesía moderna. 137
UNAM, México, 1988