Bravata del jactancioso (6-VI-2017)

No soy bello, pero guardo un instrumento hermoso.
Eso aseguran cuatro o cinco ninfas
y náyades arteras –dijera el jerezano–,
que son en la materia valederos testigos
y jueces impolutos.
Dice alguna muy culta y muy viajada
que debería fotografiarse
mi genital ballesta en gran tamaño
y exhibirse en el Metro,
en vez de esos hipócritas anuncios
de trusas sexy para caballeros.
Y agrega que esta lanza de gran garbo
–son palabras de ella–,
de justas proporciones y diseño maestro,
debería esculpirse, alzarse
en una plaza de alta alcurnia,
un obelisco, tal el de Napoleón en la Concordia,
o la columna de Trajano
en aquel foro que rima con su nombre.
         Yo no me creo esas flores,
pero recibo emocionado el homenaje
de todas estas niñas deliciosas.
Yo celebro.
         Abrimos plaza en el lecho
y los antiguos dioses promiscuos e incestuosos
de Grecia o de Germania
mueren de envidia en las alturas,
se ponen verdes de furor,
se vuelven impotentes al mirarnos.
Cogemos como dioses, puesto que no lo somos,
y cada nuevo orgasmo se acompaña a lo lejos
con tormentas eléctricas, y voces,
y bramidos portentosos e irritados
de nuestros enemigos celestiales.

Eduardo Lizalde

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Perdón, querido Karl (7-IV-2017)

La soga estará siempre
al cuello de alguien.
El Estado es eterno.
El hombre será siempre
lobo artero del hombre.
La plusvalía famosa y sus vampiros,
p sobre v y todo eso,
seguirán chupando, de algún modo,
sangre humana.
¡Ay santo camarada! ¡Ay Cristo enorme!,
no hay destino bueno entre nosotros.
Sólo una esperanza:
que el hombre vuelva
sobre sus pasos turbios,
que el pie recorra músculos arriba
su propio peroné,
su tibia horrenda;
que vuelva hacia aquel mono
que hoy se parece a él,
que vuelva a aquella cosa que él no era,
o bien, sucumba entero
–pasto, él mismo su Atila–,
y otros mejores, menos inhumanos,
sólo hormigas, tal vez,
o flores sólo, que sepan de su tallo
–otro ensayo del hombre en pocos términos–,
tomen su puesto en el volante.

Eduardo Lizalde