No es tiempo de reír (1°-IX-2018)

 

No es tiempo de reír.
La espalda de este país hecho cadáver,
y azul ya de tan muerto,
rezuma gusanos.
Insisto en que no es tiempo de reír.
Hay un hato de borregos que espera la navaja cruel del capador.
Y digo, por fin:
¡Opresores de pueblos, hijos de la llama del carbón,
para ustedes no habrá misericordia!
Día llegará en que la luz galope.
Porque todo lo que digo existe,
porque todo es verdad y nada invento.
Día llegará en que triunfen mis dioses ancestrales;
la mariposa de navajas que rasga corazones,
los bebedores de la noche que humean en los espejos,
los murciélagos que huyeron del guacamayo, vástago del sol,
los hombres comidos por los tigres,
los hombres zarandeados por el viento,
los hombres que huyeron del fuego haciéndose aves,
los hombres hechos peces
para no ser ahogados en este país que la luz calcina.
–          Y llegará el poder.
Y será grande.
Será la palabra de maíz.
Será la sangre de la culebra.
Y el espasmo del ave.
Será el poderío de nuestros huesos.
¡Toquen los atabales de la guerra,
resuenen los tambores!
¡Desnudos de palabras,
acabemos con lo que acaba!
–          Que perdonen los siglos nuestra fiereza.

Jaime Labastida (1939)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía cívica en México
Selección, comentarios y notas de Felipe Garrido.

Conaculta, UANL, Jus, México, 2012

Fuego (27-IV-2018)

 

Purísima la sombra, dormida como tú.
Igual que un agua mansa.
Igual que un fuego dulce.
La sombra espesa, quieta, suave,
sombra que el aire
trae hasta mis manos, sombra que sangra
en medio de la luz, la densa sombra.
–          Hermano de lo oscuro, hermano
del silencio que asciende
de la estrella, hermano mineral
de los espejos,
igual que dos palomas, enemigas.
Tu mano izquierda, gemela de mi amor.
Tu muslo en la batalla con mi beso duro.
–          La mirada desciende.
Negra es la casa. Mis dedos se confunden
en la sombra, la sombra
suave que zozobra en medio de la luz,
esa sombra que abraza con dulzura
mi cuerpo hecho de fuego,
de fuego y de memoria,
fuego y más fuego.
–          Qué deleite mortal en la caverna
oscura. La sombra quieta avanza,
dulcemente encendida.
Igual que un animal petrificado,
igual que los diamantes puros
de luz azul, llagados por la sombra.
–          Inmóviles los dos, vivos y en llamas,
consumida la sangre. Gira la tierra,
ignora que vivimos. El mar regresa
con un canto suave. La dulce sombra
en párpados se abate. Los ojos
están ciegos, deslumbrados
por una llama oscura.
–          Miran sin ver los ojos, adentro de la sombra
encendida por fin, con todos los colores.

Jaime Labastida (1939)
Dominio de la tarde
Siglo XXI, México, 2003

En el centro del año (29-VII-2017)

El Sol es nuevo cada día.
Heráclito

Hoy he tocado tu corazón, sombra desnuda
o vorágine o sola nota de dolor obstinado.
Hoy he tocado tu corazón en las yemas
de los dedos y he oído el mismo agudo acento
que llevó a los amantes al amor
desgarrado y a los pactos suicidas.
         El año está en su centro y se desploma
lo mismo el sol ya derretido que el agua
musical y clara. Detrás del sol yo veo
una armonía destruida por las sombras tercas.
Nada nuevo se yergue bajo él: Cleopatra
mordida por el áspid o la muchacha 
que después de abortar se ahorca con su media,
rayo, avión o nube combatida. ¿Todo es igual,
desde hace siglos? ¿Ballesta o bala trazadora,
tú o Casandra, la de nombre arrasado? Lo húmedo
se seca, asciende y se contrae. Lo seco
se humedece, avanza y retrocede. La arcilla
se hace águila; el buey lame el salitre
con su lengua de trapo. Pero todo es distinto.
El amor de Alejandro no es el mío y tus labios,
con ser labios como los labios de cualquier
mujer, son solamente, indescriptiblemente 
tuyos. Todo es nuevo bajo este sol, agua,
deleite o muerte compartidas.
¿Para qué atormentarnos y roer
nuestros sueños como si fueran fósiles
por arena y cristal conservados? Me levanto
y deliro. El Sol, el mismo Sol entonces
es nuevo cada día, su violencia se altera
de minuto en minuto. La alegría de tu rostro
sube ya, vegetal, desde la sábana
y recobra en los ojos la luz de la ventana
(aquella luz, empero, corroída por distintos
cristales). Hoy he tocado tu corazón en las fronteras
de tus ojos y lo he oído latir tranquilamente, 
con la mansedumbre del agua que bulle dormida.
Tu cabello negro, que absorbe la luz a borbotones,
me arrastra a donde el mes de agosto
se dilata. Somos remeros sordos en las aguas
contrarias: tu barca va en mi sangre,
mi remo ya perfora tus nostalgias profundas.

Jaime Labastida

Ciudad y pájaros (2-IV-2017)

Estruendo de humo y trenes.
Edificios que giran en su exacto equilibrio.
Pequeño sol agónico, apenas un recuerdo.
Máquinas que danzan
a una velocidad domesticada por la mano.
Trópico que la altura y la ciudad amancebaron.
Y jardines,
jaulas donde encerramos nísperos,
dalias o nogales:
extranjeros en la ciudad de cemento.
Y árboles,
como bestias amarradas a su pesebre.
Y el toro,
que fue herido por la purísima mano del maestro,
hace la última rumia de su sangre y se desploma.
Y es también imposible, inexplicable casi,
el olor de las fresas
junto a los tanques de la gasolina.
Y también, en el centro de esta perfecta arquitectura,
canta un pájaro:
un fenómeno extraño que agujerea los ruidos.
Los edificios silencian de súbito
su estructura de relámpagos aéreos.
Y el canto del cenzontle
prosigue asesinando
el ruido natural de la ciudad
e introduce un olor que el tacto paladea,
un color que viene de la infancia
y que el oído toca,
triturado alcatraz,
geometría rigurosa:
edificio de vidrios y sonido
que en el humeante asfalto se nos queda.

 

Jaime Labastida