(8-XII-2017)

Cercanía el silencio. Un sol persiste. Habla.
Sujeto por la brida el día sueña en altos montes:
rápida impresión de brazos oprimiéndolos.
La nube solitaria rueda hacia el aspa del molino;
se detiene entre gozosos signos, luego sueña.
Verano prolongado, fin de los chirridos. Lago
de palabras perdidas en la siesta es; y así raudo toro
tiende sobre el llano tu imagen de horizonte
porque entonces comparezco triste, sólido, inicuo
frente al viento ya ondulante melodía seca.
Tanto canto en alta voz cuanto el silencio
ignora que abrumo sobre rojos rastros camino y siembras
así fueran ventanas transitorias hacia el aire
batiendo presencias doradas, manos de sol.
Detengo tu caballo prócer; pregunto
dónde fuiste tú, la del navío de feroz ternura,
qué manos amorosas acariciaron tu cabello,
con quién tupida sombra originas el crepúsculo.
Inquiero la paloma; escucho en su arrullar
su biografía, oh perniciosa. Ella, la dulce
bordadora del aire, conmigo llora tus desvíos.
Airado como zarzal expuesto a mitad de un río de lavas
quiebro a pedazos tu nombre, lo lapido,
lo arrastro por la grava de filosa arista,
vuelvo a vivir uncido a viejas norias.
Aferrado a ellas pataleo. Lloro instado
por la desmesura; veo yacer el camino
como cadáver insepulto del polvo.

Carlos Illescas