La rubia del Metro (16-XII-2018)

 

Milonga triste

Llevaba la manzana
del día en la minifalda;
la tristeza de marzo
en la mirada.
–          En la estación de Balderas
dejó pasar el metro;
se sentó y sólo vimos
a una niña deshecha.
–          Casi lloraba y ya casi gemía
la rubia del Metro,
con sus muslos de leche,
su atroz melancolía.
–          Ay desdichado amor,
escolar y maldito.
¡Ay la rubia del Metro!
Jamás nadie verá
un dolor como el suyo,
ni angustia parecida
ni tanta soledad…

Efraín Huerta (1914-1982)
Poesía completa
Fondo de Cultura Económica,
México, 1988

Amor, patria mía 4/4 (12-IX-2018)

[…]
Don Miguel Hidalgo y Costilla murió
a los cincuenta y ocho años dos meses
y veintidós días de edad y al cabo
de tres meses y siete días de prisión,
el día treinta de julio de 1811.
–          Luego, las cabezas de los héroes se apilaron,
fueron conservadas en sal para después…
Eran las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez.

Como cabezas asesinas, guardadas en unos cajones,
fueron escoltadas por los realistas de Chihuahua a Zacatecas,
de Zacatecas a Lagos,
de Lagos a León
y de León a Guanajuato,
hasta que al mediar el mes de octubre
aparecieron colocadas en los cuatro ángulos
de la Alhóndiga de Granaditas,
teatro de sus primeras expediciones y sanguinarios proyectos.

La proclama así decía:
Las cabezas de Miguel Hidalgo,
Ignacio Allende, Juan Aldama
y Mariano Jiménez
–insignes facinerosos y primeros
caudillos de la revolución–
que saquearon y robaron
los bienes del culto de Dios
y del Real Erario. Derramaron
con la mayor atrocidad la inocente sangre
de sacerdotes fieles y magistrados justos
y fueron causa de todos los desastres,
desgracias y calamidades que experimentamos
y que afligen y deploran los habitantes todos
de esta parte tan importante
de la Nación Española,
aquí clavadas por orden
del Sr. Brigadier
D. Félix María Calleja del Rey,
Ilustre vencedor
de Aculco, Guanajuato y Calderón
y restaurador de la paz de esta América.

Oh cómo arden esas cabezas, esos
garfios hoy solitarios: míralos
en este recio arte de subir y bajar,
bordear la siniestra Alhóndiga,
memorizar cabellos, frentes, ojos,
orejas, narices y bocas pendientes
del atrocísimo cielo de la real venganza.
–          1810 ardió y 1811 fue la humareda final
de la insurgencia primera.
Ay, amor, oh tú, que llegaste como un aire
despacioso pero firme y oloroso a clavel;
ya parece que llego al final, a mi propio fin,
al definitivo hospital, a un quirófano
de olas amargas; acaso a un bosquecillo
como el que ahora beso en este sitio exacto
de tu vientre cuyo nombre he olvidado.
–          Mi amor por ti es una brizna purísima,
una luz interminable como la muerte,
como esta dolencia en toda mi cabeza y en mis uñas.
–          Te doy las gracias que no necesitas por comprender
el silencio que me rodea y mis sílabas apenas perceptibles.
Mil gracias pongo aquí, en tu pecho, en tu cabellera,
en el inminente adiós de tus resecos labios,
en la tibia humedad de tus ojos,
por cuanto has escuchado,
por la heroicidad y el martirio
y porque quiero que sepas, amor y oleaje,
que las cabezas de los héroes
permanecieron en Granaditas hasta 1821,
¡once años allí, cabecitas de patriotas,
mi Mariano Jiménez, mi Juan Aldama,
mi capitán Allende y mi padrecito
de las vides y del barro cocido
y de las moreras y la campanada a la hora precisa!
–           Once años, pues, hasta que fueron trasladadas
a la ermita de San Sebastián,
que no sé dónde está ni me importa,
porque más que la ceniza me importa la sangre,
y la sangre, oh limpitamente desnuda,
amada de todo mi corazón,
estás más un poco más cerca
de esta milagrosa vida mía
que de la muerte de los míos
y la temerosa y vibrante
llanura de sombras que es
nuestra patria.

–                            Mexico-Tenochtitlan, 1973-1978

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

Amor, patria mía 3/4 (11-IX-2018)

[…]

Pero ahora recuerdo: déjame buscar
el texto de un sinsonte cubano
llamado José Martí. Aquí está, en su afamado
Discurso sobre México, de 1891, y haciendo
la dramática historia desde la Conquista:
Trescientos años después, un cura,

ayudado de una mujer y de unos cuantos locos,
citó su aldea a guerra contra los padres
que negaban la vida de alma a sus propios hijos;
era la hora del Sol, cuando clareaban
por entre las moreras las chozas de adobe
de la pobre indiada; ¡y nunca, aunque velado
cien veces por la sangre, ha dejado desde entonces
el sol de Hidalgo de lucir!
–          (Porque, amor mío, el ave a punto de morir
en la batalla, en su país, supo de nuestros
héroes, de todos los héroes.
Supo de sí mismo.)
–          Y así mira José Martí a Hidalgo, en
Dolores:
Vio maltratar a los indios,
que son tan mansos y generosos,
y se sentó entre ellos como un hermano viejo,
a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien:
la música que consuela; la cría del gusano, que da la seda;
la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí,
y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer ladrillos.
Le veían lucir mucho de cuando en cuando
los ojos verdes…
–          Veo a Martí melancólico, escribiendo poemas,
manifiestos. ¿Puedes verlos a los dos, al sacerdote
que leía a los filósofos del siglo XVIII
y al poeta que amó y fue amado? Los junta
una palma real, una morera, un mezquite del Bajío
y un huizache para perfumar el ensangrentado paisaje.
–          Te decía pues que en Chihuahua,
un día de horrores… Pero no, si lo dejamos
atado a un nogal, comenzando a padecer.
Y en Chihuahua, un día horroroso,
lo sacaron de su celda para ser degradado.
Luego doce soldados lo condujeron a un corral.
Alguien dijo que el Padre nuestro
llegó al cadalso como a un acto ordinario,
sin significación, como quien se dirige
a una ventana de su recámara
para ver si lloverá…
–          ¡Pero si ya estaba destazado!
Si te cuento, dulce mía,
que disparó la primera fila y tres de las balas le dieron en el vientre
y la otra en un brazo que le quebró.
El dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo,
por lo que le safó la venda de la cabeza
y nos clavó aquellos sus hermosos ojos que tenía.
Las balas de la segunda fila
le dieron todas en el vientre…
Poco estremo hizo, sólo sí
le rodaron unas lágrimas muy gruesas.
Pero nada hizo desmerecer su hermosa vista.
La tercera fila de soldados lo despedazó.
… después se metió adentro,
le cortaron la cabeza, que se saló,
y el cuerpo se enterró en el camposanto.
–          No cuento más, porque es mucho el amor
y muchísima la resignación
y excesiva la pasión
y desbordada la demencia.
–          ¿Termino? ¿Así lo quieres tú, encendida
y desnuda como el sol y su silencio?
[…]

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

Amor, patria mía 2/4 (10-IX-2018)

[…]

Pero espera –descansemos–: mis labios
no pueden más y tu piel toda es
una magnolia de dorada y celestial bendición.
Espera que te cuente
Sobre alguien que una vez dijo:

Donde yo nací
fue el jardín de Nueva España
–y hablaba de Valladolid, la que hoy
tiene su nombre suave y varonil
como una fruta madura terracalenteña.
Te hablo del Señor Morelos, que bajaba
por Pátzcuaro, Santa Clara del Cobre,
llegaba y descansaba en un mesón
de Tacámbaro
y luego seguía por Loma Larga
y San Antonio de las Huertas
hasta sus terrenos de Nocupétaro
y Carácuaro.
–          En Nocupétaro verás un día un púlpito
hecho por él mismo con madera
del frondoso árbol llamado parota,
pues era hombre dedicado a la arriería
y fue maestro de primeras letras
a orillas del Cupatitzio y sus orquídeas
y era ingenioso arquitecto
y un minucioso tenedor de libros
hasta que un día en Carácuaro oyó decir
que su maestro de San Nicolás
el Padre Hidalgo
andaba metido en fiera lucha
contra los gachupines
y montó a caballo, cabalgó
hasta Valladolid
pero ya el Padre y sus hombres
iban rumbo al Monte de las Cruces.
–          El Señor Morelos corrió
alcanzándolo en Charo
y juntos anduvieron
hasta Indaparapeo.
Aquí pues se despidieron
en un estrecho abrazo de Padre e Hijo
para no verse nunca más
pero ya el Señor Morelos llevaba
el noble nombramiento
de Lugarteniente Brigadier
y Jefe de las Operaciones Militares del Sur.

Ahora voy a poner, oh tú la mi dulzura,
miel y aroma, en líneas de manso prosaísmo
lo que fue y es poesía altamente heroica.
El 5 de diciembre de 1810
el Padre Hidalgo dictó lo siguiente:
Por el presente mando a los Jueces y Justicias
del distrito de esta capital
(el Padre estaba en Guadalajara)
que inmediatamente procedan a la
recaudación de las rentas vencidas
hasta el día por los arrendatarios de las
tierras pertenecientes
a las Comunidades de los Naturales, para que
enterándolas en la Caja Nacional,
se entreguen a los Naturales
las tierras para su cultivo,
para que en lo sucesivo [no]
puedan arrendarse,
pues es mi voluntad que su goce
sea únicamente de los Naturales
en sus respectivos pueblos.
–          Cuatro años más tarde, con mayor energía,
el Señor Morelos dijo lo que ahora escucharás:
Deben inutilizarse todas las haciendas grandes
cuyas tierras laborales pasen de dos leguas
cuando mucho, porque el beneficio
de la agricultura consiste
en que muchos se dediquen
con separación a beneficiar
un corto terreno que puedan asistir
con su trabajo e industria,
y no en que un solo particular
tenga mucha extensión de tierras infructíferas,
esclavizando a millares de gentes
para que cultiven por fuerza
en la clase de gañanes o esclavos,
cuando pueden hacerlo como
propietarios de un terreno limitado,
con libertad
y beneficio suyo

y del pueblo.
–          (El Señor Morelos murió fusilado
en San Cristóbal Ecatepec
el 22 de diciembre de 1815.
–          Emiliano Zapata nació en 1873
en el pueblo de Anenecuilco
del estado de Morelos.)
–          Sigamos ahora con la pestilente
palabra de la excomunión del Padre:
–          Sea condenado en su boca,
en su pecho, en su corazón, en sus entrañas
y hasta en su mismo estómago.
Sea maldito en sus riñones,
en sus ingles, en sus muslos,
en sus genitales, en sus caderas,
en sus piernas, sus pies y sus uñas.
Sea maldito en todas sus coyunturas
y articulaciones de todos sus miembros;
desde la corona de su cabeza
hasta la planta de sus pies,
no tenga un puntito bueno…
(Y así llegó su aprehensión,
y en Monclova lo ataron a un nogal.)
[…]

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

Amor, patria mía 1/4 (9-IX-2018)

 

Advertencia. Ésta es una nota gravemente importante. Una advertencia necesarísima, que debe ser considerada por todos los lectores, sobre todo aquellos menos avisados y avezados en cuestiones de poesía. Yo soy uno de esos distraídos. El hecho es que, para darle fluidez a la lectura de este poema, he suprimido los subrayados y las comillas. Por ejemplo, a nadie escapará que la excomunión dictada por Abad y Queipo está caprichosamente cortada, y todos verán que el testimonio del fusilamiento del Padre Hidalgo está escrito en prosa de la época. No extrañen, pues, un “estremo” y un “safó”. Pido clemencia por lo que algunos habrán de calificar como una audacia… incalificable; el haber versificado textos clásicos, y emparejarlos con lo que es estrictamente mío. No lo pude evitar, y sólo aguardo que la historia poética me absuelva. E.H.
En un lugar de tu vientre
de cuyo nombre no quiero acordarme,
deposité la seca perla de la demencia.
–          Como era natural,
ya había perdido todo lo deseable
y realizado trabajosamente
los más feroces estudios obscenográficos.
–          (Amó tanto el pobre,
que ni perdón de Dios alcanzó.)
–          No hizo llorar a los muertos ni a los vivos
ni utilizó el cuchillo filoso que siempre cargaba
como si fuera el libro del más maldito amor.
Vio muertos y heridos pero a él nada le pasó.
Y en tu oreja derecha, que es mi biografía,
murmuré en desolada piedad:
¡Desnúdate, que yo te ayudaré!
Te desnudaste con sol y agua
y el siniestrado pudo escalar los muros
con sentido de río, árboles y luna.
Fue cuando me extravié en tu selva oscura
y hube de perder toda verde esperanza
pues no hay dulzura ni piedad para los afligidos.
Por eso tropecé entre los linderos de las mariposas.
(Hablé en mexicano, lloré en portugués y en chichimeca
y en mazahua y en otomí.
Me detuve a cavar mi fosa en San José Atlán,
al pie del sabino fieramente hendido por un rayo.
Callé las miserias de este mundo, las del otro,

las de siempre, las de toda la carne
y todo color y todo aroma.)
Ocurrió en medio del camino de la Poesía
a la hora en que me tropecé con doscientos cadáveres
de poetitas marxianos;
‘tonces tomé mi quinto aire
cogí las curvas como un loco
y como loco me reí de aquellos
que llegaron a la estación de Finlandia
y se regresaron como peces embrutecidos.
–          (Era el tiempo del poeta que dijo:
Tú eres más deseable que la guerra de los cien años,
y luego se escuchó, como el primer eco del planeta;
Adoro tu pecho cercenado,
la mútila sonrisa de piadoso ardor,
porque eres bella, con la belleza total de ciertos asesinatos
la hermosura de los ahorcamientos
el inminente vaso vacío del suicida
y la dulce entrega
sobre diamantes y musgo.)
–          Escribió su Poema del Bajío
(ah, su primer poema)
y en él estaba la tierra negra
y relampaguearon los ojos de Hidalgo.
–           Los ciclos finales de su larga vida
se los pasó causando lástimas
en las antesalas de los cardiólogos y otorrinos.
Olía a hospital de mala muerte
y a veces a persona mal educada
a poeta despaciosamente exterminado.
Su mujer y sus hijos lo cobijaron
como a una gallina mojada
o el último cisne con el cuello torcido.
Resulta pues
que el orgullosamente marginado,
el proscrito,
hubo de meterle mano a la Historia
y releer que un obispo
y decenas de frailes y tenientes
humillaron universalmente
al hombre de los ojos jade-jadeantes:
Anatema y excomunión
Para el Padre frenético.
Tormento, despojo y entrega a Datán y Abirán.
Maldición para él en nombre de todas

–sin faltar una– las huestes celestiales.
Persecución total, santísima condenación
para el Padre alfarero
en donde quiera que esté,
ya sea en la casa, en el campo,
en el bosque, en el agua o en la iglesia.
(Era el 27 de septiembre de 1810.)
Sea maldito en vida y muerte.
Sea maldito en todas las facultades de su cuerpo.
Sea maldito comiendo y bebiendo, hambriento,
sediento, ayunando, durmiendo,
sentado, parado, trabajando o descansando y sangrando.
Sea maldito interior y exteriormente;
sea maldito en su pelo,
sea maldito en su cerebro y en sus vértebras;
en sus sienes, en sus hombros,
en sus manos y en sus dedos.
–          (Dígote, amor mío,
que al cura párroco de Dolores
le siguieron dos capitanes
un bachiller cinco sargentos
un granadero tres presbíteros
dos serenos cuatro correos
un herrero cuatro músicos
y veinticinco vecinos, mi amor, tú que eres
adorable paloma como una patria.)
[…]

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

Para gozar tu paz (17-VII-2018)

 

Como el viento agita las altas hierbas
así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,
y la noche de alcohol y los árboles de oro
encierran para siempre un sollozo de triunfo,
el ay de la alegría, el ah definitivo.
Como el aire de junio en la colina
mueve la dulce sombra de la nube,
así mi corazón se sacrifica
en el húmedo templo de tu pelo.
–           Nave sin dueño, sombra de ardorosa
violencia, esta mi mano canta
bajo el murmullo alado de tu gloria.
Porque tienes la luz y la belleza
en el sereno estanque de tu rostro,
así el negro laurel es tu corona
y es mi fatiga y es
la sangre del insomnio.
–           Sólo cuando el pecado es la guirnalda
y la atadura, la cadena infinita
y el profundo latido; sólo cuando
la hora ha llegado, y tú,
joven de rosas y jazmines,
miras al horizonte del deseo
y dejas que el tesoro de seda y maravilla
sea la noche en mis manos,
sólo entonces, dorada,
todo me pertenece;
las hierbas agitadas y el viento
corriendo como el agua entre mis dedos:
agua de mi delirio, eterna fiebre,
espejismo y violencia, dura espina,
pedernal de la muerte, lento mármol,
millón de espigas negras.
–           Donde nace la idea,
donde tus pensamientos
–aves en dulce selva sometidas–,
donde mis labios buscan el milagro,
ahí estará mi fuerza.
Ahí estará el dolor de mi presencia:
al pie de tu dominio y tu pureza,
sin más aroma que el júbilo
y una medalla de aire,
palpitante, como el fuego
de una lágrima viva.
–           Crece la hierba, el río,
y el ala de la garza
es la mano de Dios que se despide.
Crece el amor en invisible grito
(quemante, activa espada),
y el corazón despierta
como herido de muerte.
Doblo la lenta hoja del silencio
y te apareces tú, página y perla,
con el cabello al viento
y una cierta sonrisa de alta luna.
–           Suave y veloz, como el aire de junio,
beso tu cabellera de diamantes,
el tesoro escondido de tu sueño,
y digo adiós a la violencia
para gozar tu paz,
tu dulce, tu gloriosa geografía,
por siempre detenido,
por siempre enamorado.
1957

Efraín Huerta (1914-1982)
Poesía completa
Edición a cargo de Martí Soler
Prólogo de David Huerta
Fondo de Cultura Económica,
México, 1988

Los hombres del alba (15-XII-2017)

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.
         Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido,
o una simple manzana luminosa,
o un frasco con saliva y alcohol,
o el murmullo de la una de la mañana,
o un corazón como cualquier otro.
         Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan, como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes,
los más puros.
         Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. Al fin, la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar, 
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más caminos
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.
         Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se disuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.
         Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.
         Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.

Efraín Huerta