En la muerte de Tina Man (30-XI-2017)

El veinticuatro de marzo
fecha que no olvidaré,
murió Martina Henestrosa
la madre que yo adoré.
         Abierto tenía el sepulcro
en el panteón de Ixhuatán;
pero en México quedó
la adorada Tina Man.
         Lista tenía la mortaja
desde que sola quedó;
a mano las zapatillas:
muy bien lo recuerdo yo.
         Al morir Lorenza Gómez
desnuda como nació:
la mortaja y zapatillas
Tina Man le regaló.
         Ni la vida, ni la muerte
pudieron nunca con ella:
a las dos les salió al paso
sin alarde, sin querella.  
         Dos veces la vi llorar,
sólo dos veces lloró:
cuando murió don Arnulfo,
cuando Lina se marchó.
         Se le nublaron los cielos,
se le volcara la mar:
sombra se hiciera la luz,
la casa toda un altar.
         Alguna vez un suspiro,
en ocasiones sollozos:
como un eco de la risa,
como remate de gozos.
         Su vida no tuvo treguas,
a nada le puso plazo:
llevaba en hombros la casa,
la familia en el regazo.
         Clemencia, piedad, lástima,
¿a quién pedirlo podía?
La vida es afán y es trabajo:
ella muy bien lo sabía.
         Era mujer andariega;
ir y venir su destino,
la vida –dijo una vez–
es senda, trocha, camino.
         La vida es un camino,
la vida es peregrinas:
desde el vientre de mi madre
vine al mundo a caminar.
         No creas que hay muchos caminos
–me dijo en cierta ocasión–;
uno solo es el camino,
el que muere en el panteón.
         No implores nunca el sustento,
gana tu pan cotidiano;
no lo hurtes, no lo robes:
para eso tienes las manos.
         Para que ganes el pan,
Dios las dos manos te dio;
ganar el sustento diario,
ése es el primer afán.
         Completo naciste, Andrés,
entero te quise yo;
sin que te faltara nada,
como te hizo el Señor.
         Sólo por ganar el pan
padezcas mutilación;
por travesura no arriesgues
la obra de tu Creador.
         Consejo que oí una vez
y que jamás olvidé:
palabras de Tina Man,
la madre que yo adoré.
         Lágrimas que no lloraste
y la sangre con que nací:
en ellas mojé la pluma
al acordarme de ti.

Domingo 28 de marzo de 1976

Andrés Henestrosa

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Aspiración al llanto II (25-VII-2017)

Y ¿por qué no he de decirlo
si es verdad
que hay días en que tengo
muchas ganas de llorar?
Nadie me ha ofendido,
nada está fuera de su lugar:
el día se levanta claro y azul,
la noche acoge amorosamente la luz,
pero, ¿por qué es que tengo a veces
tantas ganas de llorar?
Un llanto que así me llega de tan lejos,
que ignoro la fuente de donde mana,
que se me figura el de todas las penas del mundo,
¿por qué he de avergonzarme de verterlo
ante los hombres?
Pues, ¿quiénes han de llorar si no los hombres,
sino aquel que por serlo comprende el tamaño
de una pena,
o el tamaño de una dicha,
las solas dos cosas que nos hacen llorar?
Pero no sólo, amiga,
¿no te dije alguna vez que las lágrimas caen de rodillas
si las produce la desdicha, pero de pie
si la alegría?
¿Por qué esta hoja que lo mismo que una lágrima
se desprende del árbol
y suavemente se posa sobre la tierra,
me estremece ciertos días?
¿Por qué esa nube que boga por el cielo
como un velamen de plata,
lleva en el vientre lágrimas,
que buscan mis ojos para disolverse?
¿Por qué esa brisa inocente
tiene a veces fuerza de huracán?
Ya sé, amiga, que no son mis penas,
ni solas desdichas,
sino las del mundo y las del hombre
las que así, a veces, sin quererlo,
me hacen llorar.

Andrés Henestrosa