Novela sentimental (12-XII-2018)

 

Mujeres a quienes tal vez
habremos visto una vez;
y sin embargo,
por fugaces nos dieron la atingencia
de lo imposible y amargo.
–    ¿Dónde fue?
¿En las penumbras de un templo?
–    ¿En un circo?
–          ¿En un café?
–      Ello fue una sola vez.
quizás las contemplamos asomadas
al cristal de un “tren exprés”.
–           Mujeres momentáneas pero definitivas
que en la médula del alma
se quedan introspectivas
como fecha grabada en un metal.
Mujeres a las que amamos
de una manera especial,
porque con ellas formamos
una novela sentimental.

Francisco González León (1862-1945)
Poemas
Compilador: Ernesto Flores
Fondo de Cultura Económica, México, 1990

Diamantina (14-VII-2018)

 

Las hadas fueron junto a tu cuna,
Y un don te dieron, una por una.
–Tendrá la crencha de Berenice.
–La piel sedosa que tuvo Eunice.
–Para que mire sus lindas galas,
los verdes ojos le doy de Palas.
–Dotar sus dientes a mí me toca,
collar de aljófar pondré en su boca.
–Tendrá los labios como amapola.
–Los pies tan breves cual de española.
–El que la mire la idolatra:
le doy las gracias de Cleopatra.
–Pues que la adore el que la vea:
será la Venus de Citerea.
–           Así dijeron una tras una,
todas en coro junto a la cuna.
–           Y un gnomo enano, de pelo lacio,
de ojos biliosos, cual de topacio,
y piernas corvas, como una comba,
cayó de pronto cual una bomba,
y así les dijo: “Bella reunión,
falta a la niña un corazón:
por eso llego todo anhelante,
y en esa entraña pongo un diamante.”
–           Y así creciste, dulce bien mío,
llena de encantos, y el pecho frío;
y así te yergues, soberbia Antea,
como trasunto de Galatea.
–           De nieve llevas una coraza
que mis amores siempre rechaza,
y en vano gimo de ti delante:
tu alma es tan dura como el diamante.

Francisco González León (1862-1945)
Poemas Ernesto Flores (compilador)
Fondo de Cultura Económica, México, 1990

La vieja sala (4-v-2017)

La vieja sala

Todo un silencio que trasciende a sombra,
o una sombra aromada de silencio.
          En la alfombra mis pasos se han callado;
La vejez del estrado, en su mueblaje aún muestra
con lujo anticuado,
el oro, rosa y nácar de que se halla incrustado.
          Todo indica abandono; todo indica descuido;
quién sabe desde cuando no la habrán sacudido:
la sala es un silencio patinado de olvido.
          Las antiguas consolas tienen velos de polvo;
se ha rendido un impulso; dormita una vejez;
un reloj (bronce y laca) denuncia que su pulso
como una arteria enferma detúvose a las diez.
          Y una filosofía 
tristona en su pregunta,
inquiere a la holganza retórica del día
que entreabre una ventana:
Las diez… ¿desde qué noche?
Las diez… ¿de qué mañana?
          Se infiltra un religioso escrúpulo que orilla
a meditar.
La sala
tiene algo de capilla.
          Estoy como cohibido de haber interrumpido
algún divino oficio, o de haber sorprendido
un ritual subrepticio.
Formulo un inventario con circular mirada,
y aspiro los perfumes de una cosa encerrada.
          Afuera, junio teje la tarde de un nublado;
gotea una tristeza las gotas de su pomo;
me embarga un sortilegio;
y yo presencio,
cómo
se estrechan en silencio
las cosas y mi alma,
formando una amalgama
de pátina y de plomo.

Francisco González León