El cuarto Rey Mago (6-I-2019)

 

Para Emmanuel Carballo Villaseñor

–Me lo trajeron los Reyes Magos –dijo Fermín, y metió la cuchara en la crema de pimientos tiernos que Toña acababa de servirle.
–¿En mayo? –se escandalizó la tía Celia.
Algo iba a decir el Nene, pero las primas memoriosas lo miraron de mala manera.
–Fue hace dos años, o cuatro –explicó Fermín–, pero antes no me quedaba –y alzó el brazo para que lo viéramos.
–¿Vas a apagar tu cigarro? –preguntó la Beba botando en el plato una flota de aros de cebolla.
La tía Martucha estaba de dieta y no respondió. Aspiró el humo y lo dejó escapar hacia las cenefas de estuco.
–Voy a escribirles otra vez –dijo Fermín muy serio, mientras cuchareaba la sopa.
–¿En mayo? –insistió la tía Celia, que estaba esperando el agua de arrayán.
–Y ¿qué más si es mayo? –exclamó Martucha, malhumorada porque no se había dejado seducir por las tostadas de cazón.
–¿Estamos en mayo? –preguntó Fermín.
–En mayo, en agosto, cuando se te dé la gana –siguió Martucha y enseguida, con la voz reblandecida, con aire de misterio–. Esas cartas a destiempo van a dar a manos del cuarto Rey Mago.
La Beba resopló molesta, ahuyentando el humo con las manos. El Nene abrió la boca para decir algo, pero optó por morder un pedazo de pan. Martucha esperó hasta que el silencio fue tan denso que pudimos escucharlo.
–El cuarto Rey Mago –dijo la tía con su vocecita de clavo– era un astrólogo poco competente. Se equivocó de estrella. Olvidadizo. Desorientado. Llegó al pesebre mucho tiempo después que los demás.
Toña apareció en la puerta de la cocina con los canelones al ron, pero no se atrevió a entrar.
–No se dio por vencido –siguió Martucha–. Regresó a sus libros y a sus apuntes. Salió cada noche a escudriñar los cielos. Cruzó mares y desiertos. Siguió nuevas estrellas. Incansable y torpe, siempre llegó tarde. Años y años pasó en su empeño. Todo lo perdió. Familia, amigos, fortuna. Los días y las noches.
–Es una historia muy triste –suspiró Celia.
–Hasta que lo alcanzó –prosiguió Martucha con las manitas crispadas–. Porque finalmente dio con Él. Claro que para entonces el cuarto Rey Mago era ya un anciano. Y aquel cielo no tenía estrellas. Y Jesús no era ya un niño. Estaba en la cruz.
Celia iba a sollozar, pero prefirió servirse más agua.
–Y el cuarto Rey Mago tuvo miedo de haber llegado definitivamente tarde. Pero Jesús todavía estaba vivo, así que el astrólogo, con el corazón desbocado, comenzó a buscar entre su ropa el regalo que había cargado toda la vida para el Niño divino y, con horror, descubrió que no lo llevaba. Tal vez nunca lo tuvo encima; tal vez lo olvidó desde que comenzó su aventura, tanto tiempo atrás. Ya les dije que era distraído.
–Quiero más sopa –pidió Fermín.
–Y entonces sí, el cuarto Rey Mago sintió que lo había echado todo a perder. Sintió un dolor tan intenso que de los ojos envejecidos dejó caer tres lágrimas. Y Jesús, conmovido por la constancia de aquel hombre, hizo aún un milagro y le convirtió las lágrimas en perlas, para que el astrólogo, a pesar de su impericia, tuviera qué regalarle.
–¿Me sirves, tía? –insistió Fermín.
–Así que ahora él tiene a su cargo las peticiones hechas fuera de tiempo. Seguro que él recibió tu carta –terminó Martucha mientras aplastaba la colilla con un gesto de suprema elegancia.
–Yo les pedí otra cosa –protestó Fermín con el plato extendido, mientras Toña partía en dos la tarde con el aroma de los canelones.
–Ya te dijeron que es distraído, niño –refunfuñó la Beba, que no encontraba el pañuelo y se quería sonar.

Felipe Garrido (1942)
Conjuros
Jus, México, 2013

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Dama de luz (29-IV-2018)

 

Luego me dijo que se iba un rato a la playa. Me guiñó un ojo. Se calzó las sandalias. Se ajustó los tirantes. Abrió las cortinas y se volvió de oro y sombra. Cerró los ojos deslumbrada. Tropezó con la mesa, tiró la botella de agua, lanzó un gritito, se rio cubriéndose la boca con las manos enjoyadas, trajo una toalla y me vio un momento como si fuera a decir algo, pero el canto de las cigarras la intimidó. Se miró en el espejo por delante y por detrás y después de lado mientras aspiraba hondo, parada de puntas, y se le dibujaron las costillas. Se puso una falda de manta y los lentes oscuros. Al llegar a la puerta me tiró un beso. Nunca la volví a ver.

Felipe Garrido (1942)
la Musa y el Garabato
FCE, México, 1992

El Cuarto Rey Mago (5-I-2018)

 

Esta vez hago trampa y mando un cuento que algo de poesía tiene. La ocasión lo amerita.
Para Emmanuel Carballo Villaseñor

–Me lo trajeron los Reyes Magos –dijo Fermín, y metió la cuchara en la crema de pimientos tiernos que Toña acababa de servirle.
–¿En mayo? –se escandalizó la tía Celia.
Algo iba a decir el Nene, pero las primas memoriosas lo miraron de mala manera.
–-Fue hace dos años, o cuatro –explicó Fermín-, pero antes no me quedaba –y alzó el brazo para que lo viéramos.
–¿Vas a apagar tu cigarro? –preguntó la Beba botando en el plato una flota de aros de cebolla.
La tía Martucha estaba de dieta y no respondió. Aspiró el humo y lo dejó escapar hacia las cenefas de estuco.
–Voy a escribirles otra vez –dijo Fermín muy serio, mientras cuchareaba la sopa.
–¿En mayo? –insistió la tía Celia, que estaba esperando el agua de arrayán.
–Y ¿qué más si es mayo? –exclamó Martucha, malhumorada porque no se había dejado seducir por las tostadas de cazón.
–¿Estamos en mayo? –preguntó Fermín.
–En mayo, en agosto, cuando se te dé la gana –siguió Martucha y enseguida, con la voz reblandecida, con aire de misterio-. Esas cartas a destiempo van a dar a manos del cuarto Rey Mago.
La Beba resopló molesta, ahuyentando el humo con las manos. El Nene abrió la boca para decir algo, pero optó por morder un pedazo de pan. Martucha esperó hasta que el silencio fue tan denso que pudimos escucharlo.
–El cuarto Rey Mago –dijo la tía con su vocecita de clavo– era un astrólogo poco competente. Se equivocó de estrella. Olvidadizo. Desorientado. Llegó al pesebre mucho tiempo después que los demás.
Toña apareció en la puerta de la cocina con los canelones al ron, pero no se atrevió a entrar.
–No se dio por vencido –siguió Martucha-. Regresó a sus libros y a sus apuntes. Salió cada noche a escudriñar los cielos. Cruzó mares y desiertos. Siguió nuevas estrellas. Incansable y torpe, siempre llegó tarde. Años y años pasó en su empeño. Todo lo perdió. Familia, amigos, fortuna. Los días y las noches.
–Es una historia muy triste –suspiró Celia.
–Hasta que lo alcanzó –prosiguió Martucha con las manitas crispadas–. Porque finalmente dio con Él. Claro que para entonces el cuarto Rey Mago era ya un anciano. Y aquel cielo no tenía estrellas. Y Jesús no era ya un niño. Estaba en la cruz.
Celia iba a sollozar, pero prefirió servirse más agua.
–Y el cuarto Rey Mago tuvo miedo de haber llegado definitivamente tarde. Pero Jesús todavía estaba vivo, así que el astrólogo, con el corazón desbocado, comenzó a buscar entre su ropa el regalo que había cargado toda la vida para el Niño divino y, con horror, descubrió que no lo llevaba. Tal vez nunca lo tuvo encima; tal vez lo olvidó desde que comenzó su aventura, tanto tiempo atrás. Ya les dije que era distraído.
–Quiero más sopa –pidió Fermín.
–Y entonces sí, el cuarto Rey Mago sintió que lo había echado todo a perder. Sintió un dolor tan intenso que de los ojos envejecidos dejó caer tres lágrimas. Y Jesús, conmovido por la constancia de aquel hombre, hizo aún un milagro y le convirtió las lágrimas en perlas, para que el astrólogo, a pesar de su impericia, tuviera qué regalarle.
–¿Me sirves, tía? –insistió Fermín.
–Así que ahora él tiene a su cargo las peticiones hechas fuera de tiempo. Seguro que él recibió tu carta –terminó Martucha mientras aplastaba la colilla con un gesto de suprema elegancia.
–Yo les pedí otra cosa –protestó Fermín con el plato extendido, mientras Toña partía en dos la tarde con el aroma de los canelones.
–Ya te dijeron que es distraído, niño –refunfuñó la Beba, que no encontraba el pañuelo y se quería sonar.

Felipe Garrido

Oración a Santa Nostalgia (23-XI-2017)

Para Waldo Saavedra

 Allende la mar hay una isla. Allende la mar de tierra, la mar de hombres, la mar de tiempo, la mar de altas olas y madrugadas de sal. Mar adentro de los ojos, siempre, cada quien lleva otros días, otras plazas, otro sol, otra mirada; la urgencia del regreso o de arribar a la playa prometida. 

Por la gracia de tu clemencia, alta Señora, vengo a postrarme al abrigo de tu sombra para pedirte que ampares mi derrotero.
         Santa Nostalgia, sirena y virgen, cuídame los pasos, los vientos, los sueños, las compañías, los pensamientos, las tristezas. No dejes que me pierda de mi isla; no permitas que llegue a ella sin darme cuenta; no toleres que la destruyan mi codicia, mi ira, mi abandono, la torpeza de mi amor.

Felipe Garrido

Padecen nuestras escuelas… (12-X-2017)

Padecen nuestras escuelas una sensible penuria de estudios literarios que ciertamente responde a un enrarecimiento general del ambiente y suele tener como fórmula esta expresión –no en modo de pregunta, sino de afirmación peyorativa–: para qué sirve la literatura. En los planes de estudio predominan las disciplinas aplicadas, de interés inmediato; hasta el idioma se imparte con finalidades comerciales; las ciencias del espíritu, las actividades rigurosamente culturales, han venido siendo desplazadas por las ciencias naturales, por las actividades de aprovechamiento mercantil; se ignora o se aparenta ignorar, que la técnica, las artes útiles, las ciencias experimentales, requieren una maciza fundamentación teorética, y que las desdeñadas disciplinas han de ser el punto de partida que asegure éxito en el aprovechamiento de los conocimientos empíricos.
         ¿Para qué sirve la literatura a una época hedonista y a gentes poseídas por febril utilitarismo? Esta vez sí en modo de problema, repitamos la pregunta e intentemos contestarla.
         Desde luego surgen tres motivos que fijan la importancia de la literatura en la economía de la educación y precisan el objetivo y métodos de esta disciplina en el concierto de los planes de estudio. Tales motivos son: la influencia educativa sobre la sensibilidad; la ampliación y afinamiento de la conciencia histórica; la exactitud, variedad y riqueza del idioma, como instrumento de expresión.
[…]
         Resta insistir en que una clase de literatura debe, sobre todo, interesar a los alumnos y llevarlos al completo conocimiento de las obras. Discurrir teóricamente, apelando de cuando en vez a ejemplos aislados, mutilados, informes, valdría tanto como hablar de música sin oír las obras relativas a la charla. Por esto, en todo buen curso de literatura deberá exigirse que los alumnos lean un mínimum de obras completas; formen su juicio, independientemente de ajena estimación y luego lo comparen con la opinión de críticos autorizados a fin de llegar a la depuración del gusto personal.
         Entendida la literatura como una disciplina viva, amena, indispensable fundamentalmente para la integración de la cultura, podremos salvar la decadencia de su estudio, decadencia que ha venido a ser, en nuestra realidad educativa, un círculo vicioso: no se estudia literatura porque no hay interés por ella, y no hay interés, porque no se estudia. Los círculos viciosos han de cortarse como los nudos gordianos: por cualquier parte. De otro modo, en el caso de este problema educativo, México seguirá remitiéndose y acentuando la tosquedad, grosería e ineptitud desde los altos planos de las cosas del espíritu, hasta la esfera del trato social, producto del descuido sufrido en la educación de la sensibilidad.

Agustín Yáñez

Conjuros (7-VII-2017)

Primero
De una inscripción en la arena, abandonada al viento: “…te convoco y te condeno a que no puedas cerrar los ojos sin verme, abrir los labios sin llamarme, saciar la sed sin sentir en tu boca la mía, tocar tu cuerpo sin creer que me acaricias, doblar una esquina sin la esperanza de hallarme, alzar el teléfono sin oír en mi voz tu nombre, abrir un libro sin leer estas palabras, porque el único amor que me hace falta es el tuyo, y lo necesito de esta manera desmesurada en que yo…”

Segundo
En noches de Luna llena deslícese el cayuco tan serpiente que no levante onda ni memorias. Con el soplo del viento atejonado en la laguna, déjese bogar el tronco entre los carrizos y más allá, hasta ese punto en que cierra los párpados el agua. Suéltense las redes con un movimiento que no deje escapar reflejos. Al tiempo que se hunden, siete veces recuérdese en silencio el nombre de la amada.
Es posible entonces que se capturen peces de luna. Diminutos y afilados, habrán de enhebrarse luego en un hilo de plata. Puestos al cuello de la mujer deseada, la llevarán a tu lado, bien dispuesta para el amor.

Tercero
Sediento del abismo de tu carne, te conjuro y te convoco para que ardas en el deseo de la mía. Que no puedas despertar sin sentir la urgencia de encontrarme, ni caminar si no es para buscarme, ni desnudarte sin esperar que mis dedos rocen tus pezones, ni recostarte sin desear sobre el tuyo el peso de mi cuerpo, ni abrir la boca sin probar el espesor de mi saliva, ni vestirte de sombras y de luces sin tener la urgencia de que te penetre, ni dormir si no has pronunciado mi nombre. Que no haya en tu memoria más recuerdo que mis caricias, ni en tu esperanza otro refugio que mis brazos, ni en tus manos otro tacto que mi rostro, ni en tus oídos otra huella que mi voz, ni en tus ojos otra sombra que mi éxtasis, ni en tu olfato otro perfume que mi sexo, ni en tu lengua más sabor que el de mi piel. (Repítanse estas palabras siete veces, de noche, a mil kilómetros de la amada, y escríbanse para enviárselas a lomos del viento. No está mal que una paloma las lleve; en casos de extrema necesidad puede recurrirse al avión.)

Felipe Garrido

Para que la poesía se lea más

¿Por qué la poesía se lee tan poco?, preguntó la maestra Paola Araiza, cuando el diálogo entre el público y los presentadores se había animado tanto que terminó por ser la parte más rica del acto. Era el 21 de marzo de 2017. Nos hallábamos en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, en México, con su director, Héctor Orestes Aguilar. Arcelia Lara Covarrubias, Guillermo Coussen, Guillermo Vega Zaragoza y yo presentamos el libro Umbral de los relámpagos. Obra literaria de Benjamín Barajas. Su autor, Alejandro García, fue el moderador y nos contó la historia del libro. Barajas participó en la discusión. Llegamos a la conclusión de que debíamos ocuparnos de que se lea más poesía. Ésta es una razón. Hay otra.

        Hace poco más de medio siglo que doy clases. Comencé en una preparatoria, el Centro Universitario México. Luego, en la UNAM, y en la Ibero de Torreón, he sido maestro de literatura, de producción editorial, de historia y de historia del arte. En la UV, varios planteles del Tec de Monterrey, El Colegio de Sinaloa, la UNAM y la SOGEM, y en casas de la cultura de todo el país he dado talleres de formación de lectores y de escritura creativa. En la actualidad tengo tres: uno en el Centro de Enseñanza para Extranjeros, de la UNAM, y dos en la SOGEM. Siempre, en todos estos lugares, y en incontables conferencias dentro y fuera del país, y en media docena de libros sobre estos asuntos, y en unas treinta antologías, he hecho cuanto he podido para enamorar de la poesía a mis alumnos –no importa de qué- y a mis lectores.

        ¿Por qué es importante que todos –no importa cuál sea nuestro oficio- leamos poesía? Entre los usos del lenguaje no hay ninguno más alto que la poesía. En ninguna otra forma de decir ni de escribir están las palabras más cargadas de sentido ni de significado que en la poesía. Quien puede leer poesía esforzándose por entenderla –de otro modo no hay lectura, sino su simulación-, puede leer todo lo demás. Los poetas nos enseñan a decir lo que sentimos; nos revelan aspectos de la realidad en los que no habíamos reparado; nos ayudan a conocernos y a conocer al otro.

        Leer poesía es una de las formas de la felicidad. Quienes no leen poesía no pueden sentir ni comprender esto, así como quien nunca se ha enamorado no puede imaginar lo que eso significa; cómo se siente y se vive eso. La lectura, como estar enamorado, es una experiencia, algo que se vive. 

        ¿Cómo se interesa a otros en la poesía? ¿Cómo se contagia el gusto por leerla? La manera más eficaz es la lectura en voz alta. Hagan la prueba de leer en voz alta para ustedes mismos, cuando estén solos. Escúchense. Y lean para los demás los poemas o los versos que más les gusten. Déjense llevar por el sentimiento. Lean en compañía de otros. Hablen de lo que leen. Guarden en su memoria esos versos y esos poemas que más los han tocado. Háganlos parte suya. Llévenlos por donde vayan. Serán una forma de compañía y de consuelo que los acompañará toda la vida.

        Cuando salí de aquella presentación del libro de Alejandro García me bailaban en la cabeza estas ideas. Y de ellas nació “Un poema al día”. Un poema es una dosis accesible, una invitación que puede atenderse, y las nuevas tecnologías hacen posible ponerlo en manos de los amigos día a día, por lejos que estén.

        El primer envío fue “Los poemas”, de Víctor Sandoval; con el WhatsApp lo puse en manos de casi doscientos amigos el 24 de marzo, tres días después de la discusión que provocó el libro de Alejandro García. A partir de entonces lo he seguido haciendo sin interrupción. Los publico también en mi muro de Facebook, donde tengo cinco mil contactos que, estoy seguro, no lo visitan cada día. Pero me consta que son muchos quienes los reciben, y que muchos de ellos los reenvían a no tengo idea cuánta gente más que, espero, muchas veces hará eso mismo. De eso se trata, de que nos ayudemos unos a otros para que se lea más poesía. Hay poemas de los poetas mayores y otros de autores que apenas son conocidos. Hay poemas de amigos muy queridos y otros de gente que nunca he visto. Todos me gustan; todos merecen más lectores. 

FG