Árbol (26-X-2018)

 

A los señores Chidán

Yo he conocido a un árbol
que me quería bien.
Jamás supe su nombre,
no se lo pregunté
y él nunca me lo dijo:
cuestión de timidez.
Nunca vio mi silueta,
era ciego al nacer,
por eso a mí me quiso
lo mismo que yo a él.
Le dije muchas cosas
que a nadie más diré,
mas que a la vieja estrella
que alguna vez hablé.
Él estaba más cerca
yo palpaba su piel,
a él le dolía el tronco
a mí el tronco y la sien.
Un día lo perdí,
qué amor no perderé;
pregunté a sus hermanos
que debieran saber;
a los hombres que saben
nada les pregunté.
Acaso él me buscó
como yo lo busqué,
pero los dos andamos
tan torpes de los pies.
Cosas, terribles cosas,
que hoy quisiera saber.
Nunca me contestó.
¿Sería mudo también?
Como el árbol de Heine,
eso sí que lo sé,
movía la cabeza
oyendomé.

Pedro Garfias (1901 – 1967)
Pedro Garfias, poeta
Ayuntamiento de Guadalajara
1983 – 1985
Guadalajara, 1985

Entre España y México (16-XI-2017)

A bordo del Sinaia

Qué hilo tan fino, qué delgado junco
–de acero fiel– nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.
         España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.
         Y tú, México libre, pueblo abierto
al ágil viento y a la luz del alba,
indios de clara estirpe, campesinos
con tierras, con simientes y con máquinas;
proletarios gigantes de anchas manos
que forjan el destino de la Patria,
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja,
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

Pedro Garfias

Recién muerto (27-X-2017)

Me gustaría
que fuese triste y obscura
la tarde de mi agonía.
Me gustaría
que quien cerrase mis ojos
tuviese manos tranquilas.
Me gustaría
que los presentes callasen
o llorasen con sordina.
Me gustaría
que fuesen pocos y aun menos
de los que se necesitan.
Me gustaría
que en el silencio del mundo
se oyese crecer la espiga.
Me gustaría
que la tierra fuese dura
como piedra conmovida.
Me gustaría
que me llenasen la boca
de tierra mía.
Si a los que van a matar
les dan todo lo que pidan
dejadme pedir de muerto
lo que a mí me gustaría.

Pedro Garfias