Monólogo AA (16-V-2018)

 

Me has consumido,
he dejado de ser lo que era antes,
aquel joven de labios rojos y ojos danzantes,
aquél que sonreía a la vida,
que tuvo una vida…
aquél que sonreía a las primaveras de color,
aquél que amaba incluso los inviernos de hojas muertas,
con la boca cortada por tu exceso, por tu tentación.
–          Me llevaste a la sombra de la mano de amigos,
me abandonaste sólo con mi maldita suerte
en un callejón oscuro, cerca, muy cerca de la muerte.
Me has herido quitándome poco a poco
la virtuosa memoria de la que era envidiado,
A veces no recuerdo que he nacido y renacido,
después de las cenizas ya que me has comido vivo;
se me olvida la fuerza que he tenido
para llegar tan lejos como quise.
–          Pude haber hecho más, es cierto;
pero te propusiste detenerme y lo lograste;
he perdido confianza en mi persona,
las risas y las burlas de la gente me agobian;
no tengo más que lo que vivo cada día, a veces ni un centavo;
a veces soy esclavo, mendigo y vagabundo,
y ni siquiera me acuerdo por qué te tengo entre mis manos,
en el olor de mi ropa y de mi aliento,
en la frente enarcada por el tiempo, en mis adentros.
Te cobijo como una pesadilla, te alimento,
te busco, te odio y te deseo,
sé que eres dueño de mí cada vez que te pruebo,
que tomas todas mis decisiones y mi voluntad:
y aun decido seguir siguiéndote.
–          Sé que me estás matando poco a poco
y hundiendo más que mucho en lo profundo del fango:
ya no tengo ni confianza ni amigos,
se han ido todos a buscar nuevos bríos,
entre el cielo y la tierra se han debatido,
mientras yo, aquí sigo.
–          Estoy seco de miedo, abandonado en la plaza del pueblo,
en una banca dura con algunos mendrugos de trapos por cobijo,
después de haber proado los miedos y placeres,
–          Me acuerdo de mi cama tibia,
suave y serena, con sábanas de seda
y comidas calientes.
Ahora me encuentro yo y mi maldita suerte,
desdeñado hasta por los más pobres de este
mugroso Pueblo,
con un frío que me come los huesos,
no puedo ni comer lo que deja la gente de repente,
aquel último choque me dejó sin los dientes y sin un
céntimo.
–          Sólo recuerdo que corría
huyendo del horror que presenciaba,
¡había matado a alguien en mi enfado y arrojo!
¡Te tenía en la cabeza, te llevaba en la sangre!
El coche destrozado por suerte, no dejó rastro de mis
credenciales.
–          Me refugié en el parque de este Pueblo,
al que tú me has seguido rastrero,
nadie me quiere, me tienen lástima y miedo,
pero no más de la que siento por mí, después de que
bebo de ti,
tu veneno.

Isabel Gamma (
A través de la niebla
México, 2012

Anuncios