El lazo y la trampa (2-VII-2018)

 

País de cruces, lampo de nubes
como cabezas, roja vendimia.
País de cruces como manos
separadas, abiertas en el viento
en el desierto que avanza.
–           País dormido entre volcanes,
que es lugar este glorioso
y terrible de barrancos, de rocas
empinadas, de peñascos azotados
por el viento, que ya se yerguen
cubiertos de fuego y de ceniza.
Flor de la Pasión, apacígualo.
País en un soplo de voz,
en un múltiple solo de voces,
de abiertas bocas y metales
que avanzan.
País levantándose cada amanecer
en la punta de su lengua,
levantándose en lenguas de agave,
en rabiosa floración,
como mariposa al fuego. País
de la ruta narcótica, del telemaneje
hipnótico, de la amapola enamorada.
Flor de la Pasión, ilumínalo.
País erizado, sitiado, encapuchado:
lleno de alacranes, lleno de ortigas,
te escondes en el rincón y en la oscuridad.
–           Noche y viento, avanzamos. En ruta,
en larga marcha al interior
de la piedra, a la entraña del árbol
–          nosotros, los visibles, poco vemos.
De tierra se irá llenando, se convertirá
en basurero aquel lugar
en el que sólo se esperaba la palabra.
Has descendido, te has lanzado
al arroyo, a la cueva, al pedregal;
te has metido en el lazo y la trampa.
Andamos a tientas, escuchando
un viento de tizones, advirtiendo
una serpiente en la cola del turbión.
Nos quedan palabras, muy pocas,
Unas cuantas palabras.
–          País pico de golondrina, nido
de nubes como cabezas, roja
vendimia. No haya más de esto.
Ya le acercaste la ortiga, el diente
curvo, han llovido, han vibrado,
se han derramado sobre la caña fresca.
No haya más de esto.
–          País de espejos habitados,
cerros distantes, lagos aún,
como el hueco del corazón.
Al bailar, al abrazarnos,
giran con nosotros los restos
de un orden celeste, corren
ríos de pólvora en la eterna fiesta
de vivos y muertos entrelazados,
relumbran las espuelas entre lápidas.
Flor de la Pasión, presérvalo.
Que por ti levante aún la cabeza,
que por breve tiempo logre paz,
que por ti se calienten, se entibien
los huesos y la carne, que por ti
sueñe y se levante, que le hagas sentir
tu verdor, tu frescura, tu fragancia.

Jorge Esquinca (1957)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Consolament (23-II-2018)

In memoriam
María del Consuelo
(1934-1994)

Pasan ocho pájaros, grandes. Tor*dos o zanates mientras el sol anaranjado ya se pone. Ocho pájaros que yo quisiera nueve. Los conté. Hace unos minutos parecía que iba a llover. Pero no, el viento se llevó las nubes hacia el poniente y por debajo apareció el sol, los pájaros. Los conté, eran ocho y no como yo quisiera nueve, el Número. La naturaleza no simula. Suma, resta. Hace unos minutos parecía. Hace unos minutos mi madre estaba viva. A la resta habrá que sumarle su ausencia. El sol se pone, qué resta. La noche es lo que resta. Tordos o zanates suman ocho y no como yo quisiera, nueve.

*

Alonso tiene cinco años. Desde ahí me dice que la palmera junto a la que juega es más alta que el edificio de espejos al otro lado de la avenida. “Es la torre más alta de Guadalajara”, recuerdo que me dijeron y le digo. Desde sus cinco, Alonso me mira, y a la palmera, y a los espejos. No sé si me cree, no le pregunto. Tampoco le pregunté a mi madre si sabía que se estaba muriendo. Hace ya muchos meses que terminaron la torre y sigue vacía. Sus muros son espejos que la protegen del otro vacío, el de afuera. A veces los lavan. Alonso juega junto a la palmera.

*

La ventana se cerró de golpe. Afuera todo el cielo era nubes, grises, viento. Una muchacha con un vestido rojo avanzaba por la avenida, frente a las jardineras. No había nadie más, ella avanzaba de sur a norte, entre ráfagas de viento con su vestido rojo y una bolsa negra colgándole del hombro. Entre cielo y suelo. Mi madre, que murió de cáncer, era Leo. No tarda en llover y va a mojarse, pensé. El cabello negro y lacio atado con una cinta blanca. Mi madre, que era solar y abierta, murió de un cáncer oculto tras el páncreas. Murió de algo escondido, en la entraña. No había más, ella avanzaba. Y los zapatos blancos.

*

Escribir o caminar sobre el agua. De niño yo tenía muy clara la imagen de ese milagro: caminar sobre el agua. Todo es milagro para el niño que vuela en una alfombra de Persia. Lo intentaba en la alberca y caía hasta el fondo. Tal vez el fondo me llamaba, tal vez no había lugar para mí en la superficie –ni en el milagro. Yo intentaba. De pronto, una sola vez, durante un solo instante… y sin testigos. Tampoco hubo las voces llamándome en la barca. En el fondo sí. En el fondo mi madre, antes de morir, cantaba.

*

Lo que mi madre cantaba no se puede decir. No era un decir, era un oír. Su voz venía del fondo y me devolvía a la superficie, mostraba un camino hacia la respiración. Entre dos aguas, lejos del fondo y lejos todavía de la superficie, a la deriva. Más allá del agua yo me hundía en su voz para respirar de nuevo. Ahora creo saber que el milagro es otro: no un paso sobre el agua, sino el paso entre las aguas. Y como aquello que mi madre cantaba no se puede decir, escribo.

Jorge Esquinca (1957)
Caja negra con inscripciones
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

Oración a la Virgen de los Rieles (22-XI-2017)

Bendice, blanca Señora, al más humilde de tus peones.
Concédele vía libre para llegar a Ti.
Ilumina sus noches con el carbón encendido de las máquinas.
Que tus ojos claros sean, en toda encrucijada, brújulas y linterna.
Todo tren un potro ligero hacia tu Reino.
Llévalo, gentil Señora, de la mano de los durmientes.
Administra, con tu prudencia infinita, su pan de cada día
y cubre con tu sombra favorable los rieles errantes de su casa.
Aquieta sus pasiones,
deja escapar en la medida justa el vapor de su caldera.
Apártalo del estruendo de furgones y góndolas salvajes.
En el vasto ferrocarril de sus breves días, no le des asiento en el gobierno,
pero guárdale siempre un sitio discreto en el vagón de tu confianza.
Bendice, blanca Señora, Virgen de los Rieles, a tu hijo más humilde:
tierra suelta que dispersas con tu manto.

Jorge Esquinca