Comienza en lunes (27-VIII-2018)

 
La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, el abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad aquí he vivido.

Eliseo Diego (1920-1994)
La sed de lo perdido. Antología
Ediciones del Equilibrista, México, 1993

Mi madre La Oca (28-V-2018)

 

La vieja inmensa, inmóvil junto al fuego.
Largo rostro rugoso,
Manos rudas.
Las llamas charlan en la chimenea
Con el obeso calderón de cobre.
Las ristras cuelgan lacias,
Las magistrales ristras
de cebollas.
–          En la penumbra el fuego escoge
bien un surco reseco
junto a una boca mustia, bien
el voraz amarillo de unos ojos.
Hay gente allí muy quieta en la penumbra.
Tan callada, la gente,
como las ristras blancas,
esas tan blancas ristras de cebollas.
–          Mira, tú estás allí también, un poco aparte.
aunque nunca lo sabes, podrán verte.
Como un ratón en la pared,
al otro lado, quedo, inmóvil.
Qué bajas son las vigas, y qué oscuras.
Por fin bulle el caldero entre las llamas.
–          La enorme vieja ahora suspira.
Dónde se fue tu aliento, dónde el aire.
Tan pura es la quietud
que oyes la leve
huella de la ceniza. Entonces,
entre el oro del fuego, la caverna
de la gran boca. Un huracán susurra
“había una vez…”
–                               Y nace todo.

Eliseo Diego (1920-1994)
Veintiséis poemas recientes
Edciones del Equilibrista, México, 1986

De “Cómo tener y no tener una alondra” (8-IV-2018)

 

[…] En fin, la conclusión a que deseaba llegar es ésta: para mí, la poesía es en un primer estadio una iluminación de cierto aspecto de la realidad que nos conmueve o sobrecoge. En este primer estadio, todos somos poetas. Luego, algunos resultan capaces de trasladar el aspecto iluminado de una materia a otra. En nuestro caso, de la realidad a la materia idiomática: el tránsito ha de ser hecho con tal delicadeza, que no se pierda ni una sola de las infinitas sugerencias vivas adentro de lo real, así como ni uno solo de sus múltiples significados posibles. Únicamente de esta forma se podrá llegar al tercer y último estadio en que el poema alcanza su consumación definitiva, la fase de la comunicación de lo iluminado, en que el lector, el otro sin el cual nada habría, re-crea la experiencia originaria a través de aquella misma sugerencia y significaciones, aún tibias de vida, que el poeta artesano guardó cuidadoso para él en el cofrecillo también vivo de la palabra.

Eliseo Diego (1920-1994)
Libro de quizás y de quién sabe
UNAM, México, 1993

Versiones (25-XI-2017)

La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.
La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, de que es sólo el gato de la casa, el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a ver.
La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.
La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror. 

Eliseo Diego