También (18-II-2018)

 

Al salir a nada, olvidó
cerrar su balcón. Mañana hará tres días.
De anteayer, cuando quedó sin regresar,
no sé mayor cosa.
De hoy, fecha de enterrarlo,
un poco:
–         que su calle está desierta en la noche,
que brillan pocas luces (mesuradas
y hasta) angélicas sobre las banquetas
–        aunque no hicieron eco, a las diez, mis pasos yéndose
después de música y –por qué no– de hablar:
eso era el siglo último.
–          En el balcón (sin cerrar)
la cortina palpita, sube, se hincha hasta el desgarro;
después en un alto alarido exterior y blanco y mudo
fustigando la sombra
–         como entre un vendaval
–que no existe (para nosotros, digo). Muy lo contrario:
desde la acera, el aire está en calma y cálido ahora mismo
y esa tela que azota enloquecida
ahí, en un primer piso negro, abierto,
no nos atañe;
–         ni deberíamos fijarnos,
pues es incomprensible.
No responde al viento, pues viento no sopla.
Nada la sacude. Nadie hay en la casa.

Gerardo Deniz (1934-20149)
Grosso modo
Fondo de Cultura Económica, México, 1988

Anuncios

Hueledenoche (7-XI-2017)

Terrestre la noche abierta en tantos lagos redondos
(comparten sin saberlo las cosas del cielo)
y ahora también, de pronto, 
en esa flor de las afueras,
esa flor hecha casi de aire,
aroma sólo y que tal vez no existe
–o es la vocal más honda, ya silencio; es un monarca débil recorriendo a tientas
la quietud de su reino amenazado
–carencias del idioma y erosiones despacio,
escándalo del sueño cuando el pezón despierta en la punta
de la lengua bajo su túnica de pétalo marchito.
         Ante las fronteras pernocta el mar y por su piel salada discurren ciertos signos,
dédalos de algas pardas.
                                      Cosas son de lo oscuro.

Gerardo Deniz

Evasión  (30-V-2017)

En Tlalpan hay varios manicomios.
Y viendo en la sala de espera esos viejos tomos franceses tan espesos
de balneoterapia y arsonvalización,
cruzando ese jardín por donde tres veces a la semana discurren filosofías de vía angosta
–los perros trágicos machacados en la carretera al pasar en volandas,
y así habrá que pasar ahora.
                                             Hace calor.
El que vaya a la hora cursi como todas marchando a oscuras al lado de los rieles
podrá escuchar (si le importa) el zumbido de muchos escarabajos enamoradísimos
entre las piedras del talud.
Más allá (es de suponerse) descansan adineradas adolescentes de miembros fruticosos,
con los labios secos, tendidos al descuido
como largos gatos de algalia.
(¿Habrán comido habas?
¿Borrarán como es debido los moldes de sus cuerpos en las camas? Oh riesgo.)
Pero este mundo de trenes y escarabajos es un mundo de trenes y escarabajos,
sin embargo,
nagara.

Gerardo Deniz