Lo mío (28-III-2018)

 

I
Y lo mío me espera tan lejos de nosotros
que nunca volveré a su dulzura intacta.
Quiero morirme un día soñando con mis cosas
y con ese amor tuyo que no me las dará.
–         Si te tuviese entero no tendría tampoco
esa dicha absoluta que mi demencia exige;
y si vuelvo a lo mío sin ti, ¿cómo sentirme
total, y realizada, en beatitud perfecta?
–         Mi deseo clavado en doble cruz de afanes
se distiende y disloca entre rumbos contrarios.
¡Qué fatigoso andar y desandar sin tino
de cien vías opuestas cuyo término falla!
–         A tu lado me duele la ausencia de mí misma,
esa absorción en ti que me hace vulnerable
solamente a lo tuyo y me impide el retorno
a lo que me quitaste; la entraña de mi entraña.
–         De ti a mí una ruta que alargas cada día;
de lo mío hasta mí, una senda en el mar.
Desde esta cruz de afanes, voy renunciando a todo.
¿Se abre acaso la aurora de mi resurrección?

II
C’est chez nous ou il n’y a plus personne.
Rainer Maria Rilke

Nadie ya. Ni una sola presencia que atenúe
la orfandad sin alivio de los lechos,
ni el solitario asombro de las cosas
que ningún roce familiar constriñe.
–         Sólo pisadas muertas que la inquietud no atisba
con el ávido afán del amor vigilante,
y roces de otros tiempos que amarillean, pálidos,
entre las vibraciones de un eco indefinido.
–         Lo nuestro sin nosotros, sobrevive a la ausencia
y resucita, fiel, ademanes antiguos,
contactos ya dispersos en los que brotan ágiles,
fervores renovados, latidos aún en ascuas.
         No hay nadie, pero todos volvemos allí mismo.
¡Permanencia inmutable que burla la distancia
y mantiene a través de un remoto pasado
un hábito de vida! ¡Eternidad, memoria…!

III
Cada vez más sola, cada vez más mía.
¿Para qué nos sirven báculos y estrellas?
Hay nubes que ocultan la luz más brillante
y vientos que quiebran el tronco más recio.
–         Cada vez más honda. Cada vez más firme.
Que los otros anden sin rumbo ni meta.
Yo marcho en silencio, hacia mí, hacia todo.
Y mi voluntad abarca el espacio.
–         ¡Caminos del mundo! Qué ancho refugio
para el que los cruza sin ansias ni miedo,
para el que ya sabe dominar sus pasos
y no se detiene en fútiles huellas.
–         Para el que acaricia en todas las rutas
la ruta esencial, raíz verdadera,
la senda remota que allá en lo profundo
encauza y sostiene la llama del ser.
–         Cada vez más sola. Cada vez más rica
de ausencia y desdenes, y nobles olvidos.
¡Con qué amplio gesto recorre la tierra
el que nada quiere y todo lo dio!

Ernestina de Champourcin (1905-1999)
Rueca, Primavera 1942 México
Año 1, número 2, pp. 96-99

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Veracruz, primera noche (28-VI-2017)

El agua cicatriza
insomnios y memorias
y restaña el ardor
de la piel requemada.
         En la noche del trópico
los cuerpos no respiran
y hay sombras pegajosas
de cuerpos anteriores.
         Pero el agua redime.
Desaparece incluso
la pared pingajienta
y el agua celestina
prepara nuestros ojos
para el festín radiante
del hibisco amarillo
y de los tabachines
con sus lenguas de fuego.
         ¿Llegamos de verdad?
Nuestros yos se licúan
esperando nacer
hacia algo distinto.

Ernestina de Champourcín