(14-XI-2018)

 

¿Quién leerá mis versos?
Quem sabe quem os lerá?
Quem sabe a que maôs irâo?
Alberto Caeiro, O guardador de rebanhos

¿Qué será de mis versos? ¿Quién los leerá?
Pronto me iré, y así será, y me iré ¿y qué pasará?
Me he resignado a irme, como me resigno
a los dolores de la tendinitis, a los cólicos
que arquean el cuerpo y a la mala circulación.
Qué importan las novelas, los cuentos,
las crónicas o ensayos, ¿pero mis versos?
Si en el futuro alguien los lee, tal vez perciba
que los escribí con la llama del sol en la hoguera del mediodía
sobre los girasoles, con los matices múltiples
del púrpura y del violeta en la disminución del crepúsculo,
con el grito doloroso del tigre lanceado
en el momento de fallar la red,
con gotas de sangre del pecho de las golondrinas
que no lograron completar el vuelo.

Marco Antonio Campos (1949)
El forastero en la Tierra (1970-2004)
El Tucán de Virginia / Conaculta,
México, 2007

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1968 (1°-X-2018)

 

Éramos como estrellas iracundas.
Efraín Huerta, “Borrador para un testamento”

Hay fechas que vuelven
como iluminación o niebla repentina.
Tú no sabías entonces que esa fecha
sería como cuña de plata en pleno oro.
Como una canción que niega hasta las lágrimas,
como una emoción que niega hasta las lágrimas.
Te vuelven –se graban– dos imágenes:
Cuando entras al atardecer por 5 de Mayo
frente a Bellas Artes, y la sensación
de la multitud en la plaza del Zócalo,
picoteada la plaza por miles de puntas
de alfileres en luz.
Eso que no sabían definir los diecinueve años,
lo entiendes ahora en dos palabras:
Libertad y Sueño.

Pero la historia son momentos, dices,
y aquel adolescente no sabía, ¿cómo lo iba
a saber?, que México, en vez de engrandecerse,
se precipitaría en un pozo ciego:
guerrillas, crímenes, desempleo,
una sociedad en grito, la esperanza,
la furia en la calle, la amarga decepción
por los traidores y los claudicantes,
repentinas luces, sueños que se volvieron
como trigo emponzoñado, el río revuelto
donde todo era la pérdida.
La historia echó a andar por las calles,
Y muchos creyeron, viéndola tan cerca,
que podía cortejársela. Pero la historia no se hace
con buenas intenciones ni con halagos falsos,
menos con las manos sucias o llenas de sangre.
Pero te quedan de entonces dos imágenes
como rítmica plata en doble olivo,
como alondra cortada por la luna.

Marco Antonio Campos (1949)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Café Korb (14-IV-2018)

 

Con alguna frecuencia, en tardes
o al anochecer, al principio de su estancia,
el forastero llegaba al Café Korb,
buscando que la soledad
se quedara dos horas
como la chamarra en el perchero,
buscando algo que pareciera
rumor o luz de vida, algo
para sentirse menos solo
en una ciudad de gente sola,
y el mesero alto, grueso,
amable, tomaba la orden,
“Mire, deme…”,
algo, algo que permitiera leer
un ensayo, un cuento, periódicos
del día o tal vez escribir
el borrador del borrador de un poema
que no conocía el inicio,
y el mesero servía el Moka grande
o un doble té,
y él veía desde la mesa gente
cruzar o leer diarios o
quedarse como estatua o hielo,
y pensaba, mientras leía, que cuerpos
como los de Alejandra o Agnes tenían
el sol que no tenía Austria,
mientras afuera, en las calles,
caía nieve o lluvia o bruma o
delineaba apenas una
delgadísima luz, y él, al bajar al baño
y mirarse en el espejo, confirmaba que
el pelo seguía encaneciendo o destruyéndose,
pero qué vida (se preguntaba) empezar
a los cuarenta, que sea realmente vida,
y subía de nuevo para sentarse un rato
–y las mujeres cruzaban.
“La cuenta, por favor, sí, todo
estuvo bien, gracias”,
descolgar la chamarra y ponérsela,
y salir hacia la calle
y a la noche sin perros.

Marco Antonio Campos (1949)
El forastero en la Tierra (1970-2004)
El Tucán de Virginia / Conaculta, México, 2007

Declaración de inicio (4-IX-2017)

Cada uno de mis poemas pretendió
ser un instrumento útil de trabajo.

         Pablo Neruda (Estocolmo, 1971)

Las páginas no sirven.
La poesía no cambia
sino la forma de una página, la emoción,
una meditación ya tan gastada.
Pero, en concreto, señores, nada cambia.
En concreto, cristianos,
no cambia una cruz a nuevos montes,
no arranca, alemanes,
la vergüenza de un tiempo y de su crisis,
no le quita, marxistas,
el pan de la boca al millonario.
La poesía no hace nada.
Y yo escribo estas páginas sabiéndolo.

Marco Antonio Campos