El pozo (15-XII-2018)

 

Encrucijada súbita, sorpresa:
coro de vino y miel, trigal oscuro
que suena, granada de leche,
pan de racimo, harina, vid de azúcar,
sal del placer nació, tribu de aromas.
–          Música. Y hay un soplo
de gozo en carne viva, y un nocturno
sabor sobre los dientes. La liturgia
del cabello en la sábana, la llave
puesta por dentro, el corazón a saltos.
–          Y suben en tu pecho las desnudas
luminarias, el orto emparejado
de la luna y el sol, sobre el sosiego
central del vientre henchido.
–          Flores el árbol lleva, raja el fruto
su propia carne germinal, almendra
de un día sin bautismo, y la semilla
engéndrase y sumerge la escafandra
de la raíz en el alba terrestre.
–          Y entre las blancas aguas congregadas
de la lumbre florida, el rostro
alegre del abismo, el pozo abierto
cerrado por la luz está; el enjambre
entre el atardecer y la mañana.
–          Y decir “tú” de pronto, sin que sepas;
y tus ojos cerrados, y entre dientes
la lengua hallada, y entre labios.
–          Y abre sus hojas de oro la paloma
desde el leño encendido; deja al aire
el querubín sus alas rojas; su cabeza
de león enlazada entre las llamas
gemelas, en las alas del incendio
de un águila crujiente. Y amanece
la noche mía en donde vienes.

Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013)
De otro modo lo mismo
Fondo de Cultura Económica,
México, 1979

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Un agua gris… (27-XII-2017)

Un agua gris junto a una playa
amarilla…
Chicos desnudos color sepia
retostados por la canícula…
Rumor cercano de la urbe
plana, monótona y tendida…
Grupo displicente que sigue
las piruetas de los bañistas…
         En el horizonte del agua,
ni una isla…
En el de la tierra,
ni un monte que rompa la línea…
         ¡Y un ansia de mar con escollos
que dé estruendos a la bahía,
y de sierras escalonadas
como gigantes bambalinas!…

Rubén Bonifaz Nuño

Nadie sale… (1°-XI-2017)

Nadie sale. Parece
que cuando llueve en México, lo único
posible es encerrarse
desajustadamente en guerra mínima,
a pensar los ochenta minutos de la hora
en que es hora de lágrimas.
         En que es el tiempo de ponerse,
encenizado de colillas fúnebres,
a velar con cerillos
algún recuerdo ya cadáver;
tiempo de aclimatarse al ejercicio
de perder las mañanas
por no saber qué hacerse por las por las tardes.
         Y tampoco es el caso de olvidarse
de que la vida está, de que los perros
como la gente se anublan en las calles,
y cornudos cabestros
llevan a su merced tan buenos toros.
         No es cosa de olvidarse
de la muela incendiada, o del diamante
engarzado al talón por el camino,
o del aburrimiento.
         A la verdad, parece.
Pero sin olvidar, pero acordándose,
pero con lluvia y todo, tan humanas
son las cosas de afuera, tan de filo,
que quisiera que alguna me llamara
sólo por darme el regocijo
de contestar que estoy aquí,
o gritar el quién vive
nada más que por ver si me responden.
         Pienso: si tú me contestaras.
Si pudiera hablar con calma con mi viuda.
Si algo valiera lo que estoy pensando.
         Llueve en México; llueve
como para salir a enchubascarse
y a descubrir, como un borracho auténtico, 
el secreto más íntimo y humilde
de la fraternidad; poder decirte
hermano mío si te encuentro.
Porque tú eres mi hermano. Yo te quiero.
         Acaso sea punto de lenguaje;
de ponerse de acuerdo sobre el tipo
de cambio de las voces,
y en señal para soltar la marcha.
         Y repetir ardiendo hasta el descanso
que no es para llorar, que no es decente.
Y porque, a la verdad, no es para tanto.

Rubén Bonifaz Nuño

De La flama en el espejo (12-VI-2017)

Z

En el núcleo de la rosa múltiple
nació el sol, y se leyó su nombre.
         Incendio que progresa en círculos
de salvación, vuelve profunda
la mirada nueva que la mira
para poderla amar; amándola, 
a la sola plenitud abrirse
del santo reino de la gracia.
         ¿Soy alguien yo?, te preguntabas
dentro de lo oscuro, en el silencio
anterior a la palabra oculta;
te interrogabas, alma mía.
         Y alzó los brazos blancos, y arde
entre sus manos la gloriosa
lámpara, la estrella de seis vértices
de equilátera flama. Y baja
por el camino de sus brazos
la concordia de la luz lloviendo.
         Concha que recoge los misterios
del agua bautismal, sapiente
don de la paz y la abundancia;
templo viviente en que se unen
el venero oculto y la infalible
salida al mar feliz y cierto.
         Y su pensamiento se concierta
con la causa sin causa.
                                    Y ríe,
y su risa lava la mañana
de su corazón. Mira hacia arriba
desde la mañana, o van sus ojos
descendiendo por nocturna falda,
y con luz no prestada guían
lo que va subiendo de la noche.
         No estabas muerta, mas dormías;
escondida estabas; como en sueños
te estirabas, alma, preguntando.
         Y en todas sus partes la belleza
desviste la luz manifestada,
y fuerza a los ojos da, y sostienen
su sonrisa los ojos; pueden
ver el pleno fulgor: sustancia
de la vida esperada; signo
de lo que –no visible– salva.
         Y eras parte del orden suyo,
de la majestad benigna donde,
mi alma, por fin te reconoces.

Rubén Bonifaz Nuño