Digo de noche un gato (22-XII-2017)

Vino de noche un gato
con el color oscuro de mi sueño
y con la risa que rueda por la tierra
sus colores profundos.
         Vino de noche
para decir diciendo
entre maullidos
que la vida es de aire,
de aire a pleno cielo.
         Vino a lamerme lento
por mi nombre
de música y de nubes,
sobre las blancas olas
de la espuma.
         El gato vino a decirme a mí,
despacio,
que afuera la luna
juega con ratones
         y que la lluvia
de grandes gotas
como sombras
baila con la risa
de las palomas.
         Y cuando vino
se abrió el cielo,
apareció el sol
y hubo pájaros que volaron
de punta a punta
del silencio.
         Dijo de noche un gato
que afuera el aire
luce su traje de campana
y que las nubes bailan
sobre la arena blanca
y los caballos galopan
rápidos
en el filo de la mañana.
         Yo desde entonces oigo
una lenta ola
que viene a mí
maullando
en la noche perfumada
de mis sueños.
Digo de noche un gato
y aparece un pincel
en la punta de mi lengua.

María Baranda

De “Ficticia” (17-X-2017)

IV
El cielo está en mis ojos,
es un cansancio caído de la pluma de Dios
y sus volúmenes, el exterminio de un labrador
y la dura nota de una tierra sin consuelo, 
frágil ante el silencio de los hijos y los hijos.
El cielo cae del cielo al aire
en la serenidad de un monte comprometido
con el lento grito de sus cardos,
es el vuelo contraído desde la niñez con un tordo
retirado a la soledad de un aeroplano.
Yo vine aquí para soñar que el mundo
era uno y era todo y que en su voz se filtran
los sonidos que se prueban en lo oscuro.
         Puedo golpear el mundo con mi fuerza,
puedo liar contra la sinrazón del pensamiento,
puedo lamer la sangre
de una estatua rota en un baldío de niebla,
puedo sentir mis piernas y mis brazos
en mi ciudad de fuego levantada en armas,
congelada en el sueño del amanecer.
         Puedo creer que hay una página
que no está escrita por Dios
y sus filibusteros.
Es una página mía en el libro de nadie.
         Es una hoja de árbol que respira
como una escama muerta.
Es una oración para decirla en el descenso,
Apremio de mi voz, hija de Minerva,
última de mi especie,
ahora puedo concluir esta vida intolerable
esta vida de sal que huele a estanque seco.
Puedo pintar en esa hoja blanca
el nombre que he olvidado,
con el temor y el miedo
de haber visto una carnicería ajena
con los ojos de un sepulturero. Sé que puedo.
         Habré de iluminarme con una lágrima negra.

María Baranda

De “La playa” (19-IV-2017)


7.

Los seres que yo soy se despedazan.
Ungen sus órganos con aguardiente
y un paño macerado a cielo abierto.
Vocabularios en plena desesperación.
Palabras caídas de las manos
lamidas por los perros de la calle.
Nadie me entiende. He decidido escrutar
el limbo de otras oraciones, pliegues
en la materia del olvido.
              Animales y larvas
              dulces ensoñaciones de alguien que fui
              alguien posible, un apenas reflejo
              en la lámpara de kerosene.
Miles de cucarachas me recorren. Fuego en mis manos.
              Caminé mirando el mar junto a los hombres
y vi dentro de sus ojos
             un bosque de abedules a un lado de la sombra
donde un murciélago volando, azul color de plata,
gritaba en la penumbra de un corazón de pájaro.
              Era el tiempo del hambre en la isla del pez rojo,
en los huertos de ablución y buena suerte.
              Era el tiempo de la piedra
cuando la tarde se nombraba a golpe
entre las alas de las aves y un Cristo arrodillado
caía de bruces en todas las postales.
              Era el tiempo simplemente
y yo veía pasar antiguos dioses trabajando
en las hortalizas
junto a las viejas lenguas de los hombres.
              Era la niebla entonces
              y yo
              tenía el miedo de los hombres.

María Baranda