Oda a Cuauhtémoc 2/3 (17-IX-2018)

 

II
Consagremos al primero de los mexicanos
una montaña o un pedazo de cielo.
Alegrémonos por la maravilla de sus actos.
Era hermoso como la noche y misterioso como el cielo.
Pero su dolor no puede medirse
con la órbita de los planetas gigantescos,
ni con los itinerarios
de las estrellas caudales que iluminan el miedo.
Su dolor,
que en el espejo negro de mis ojos
empieza a revelarme
la eterna angustia y el dolor eterno.
Cuauhtémoc tenía 19 años
cuando en sus manos
como un águila herida cayó el Imperio.
Tenoxtitlán era la ciudad más hermosa
de todas las ciudades del mundo nuevo.
El divino Quetzalcóatl,
llamado Ku-Kul-Kan en la tierra del faisán y del ciervo,
había anunciado,
hacía ya muchas vueltas de tiempo,
que vendrían por el mar otros hombres.
Y así, tuvo sueños.

Carlos Pellicer (1897-1977)
Poesía completa. Tomo I
UNAM, Conaculta, El
Equilibrista, México, 1996

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