Oda a Cuauhtémoc (18-IX-2018)

 

III
Y es así como en este día
con el sol roto entre mis manos
oigo rodar en mi destino,
como en un bosque de cactus,
la maldición de los dioses horadada en mi boca
y el hacha santa de la tragedia amarrada a mis manos.
¿Nadie podrá libertarme nunca
de este duelo grandioso como una ola de basalto?
¿Nadie podrá devolverme nunca
las dulces horas del amor y la alegría de cantar en el campo?
Porque estos ojos brillan solamente para el odio
y estas manos libres
sólo piensan ahora en la venganza,
en la venganza y en el odio.
Pues ¿quién puede volver a mirar serenamente las estrellas,
cuando todo semeja que el destino
va a aplastarnos con sus plantas de piedra?
Cayeron las monarquías
civilizadas de mi América.
Tenoxtitlán y Cuzco
eran sus esculpidas cabezas.
Cayeron esas razas finas
al golpe brutal de los conquistadores
que vencían a los flecheros
con las ruidosas caballerías y los ávidos cañones.
El tórrido profeta Quetzalcóatl,
¿anunció la llegada de estos intrépidos destructores?
Y desde entonces una estrella tristísima
se alarga sobre las llanuras y se ahonda junto a los montes.
¡Desde hace cuatrocientos años
somos esclavos y servidores!
¿Quién puede mirar el cielo con dulzura
cuando del oprobio de los europeos
nacieron estos pueblos de mi América,
débiles, incultos y enfermos?
Marcaron a los hombres como si fueran bestias
y en el rostro del campo y en el hígado de la mina
vivieron la crueldad, la miseria y el tedio.
Y ahora mismo todavía
lo miro, lo palpo y lo siento.
¿Quién puede mirar con ojos de dulzura
la dulzura misteriosa del cielo
si la ignominia y la infamia
buscan sepultarnos otra vez bajo su estrépito de acero?
Los hombres del Norte piratean a su antojo
al continente y las islas y se agregan pedazos de cielo.
¡Oh destino de la tragedia inexorable y gigantesca!
Llenas el muro colosal de mi angustia
y frustras el flechazo que iba hacia algún lucero.
Veo tu figura dibujada en la sombra del fuego.
¿Bajo tus leyes de plata roja
todos sucumbiremos?
En las Antillas y las Nicaraguas
el sol está hundido entre el fango y el miedo.
Toda nuestra América vanidosa y absurda
se está pudriendo.
¡Oh destino de la tragedia inexorable y gigantesca!
¿Nadie podrá detenerte?
¿Vendrán con tus manos brutales
del país de los yanquis, mediocre, ordenado y corpulento?
¿Y entre estallidos y máquinas
a robar, a matar, a comprar caciques con tu inacabable dinero?
¡Oh Señor! ¡Oh gran rey! ¡Tlacatecutli!
¡Oh solemne y trágico jefe de hombres!
¡Oh dulce y feroz Cuauhtémoc!
¡Tu vida es la flecha más alta que ha herido
los ojos del Sol y ha seguido volando en el cielo!
Pero en el cráter de mi corazón
hierve la fe que salvará a tus pueblos.

Carlos Pellicer (1897-1977)
Poesía completa. Tomo I
UNAM, Conaculta, El
Equilibrista, México, 1996

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