Amor, patria mía 4/4 (12-IX-2018)

[…]
Don Miguel Hidalgo y Costilla murió
a los cincuenta y ocho años dos meses
y veintidós días de edad y al cabo
de tres meses y siete días de prisión,
el día treinta de julio de 1811.
–          Luego, las cabezas de los héroes se apilaron,
fueron conservadas en sal para después…
Eran las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez.

Como cabezas asesinas, guardadas en unos cajones,
fueron escoltadas por los realistas de Chihuahua a Zacatecas,
de Zacatecas a Lagos,
de Lagos a León
y de León a Guanajuato,
hasta que al mediar el mes de octubre
aparecieron colocadas en los cuatro ángulos
de la Alhóndiga de Granaditas,
teatro de sus primeras expediciones y sanguinarios proyectos.

La proclama así decía:
Las cabezas de Miguel Hidalgo,
Ignacio Allende, Juan Aldama
y Mariano Jiménez
–insignes facinerosos y primeros
caudillos de la revolución–
que saquearon y robaron
los bienes del culto de Dios
y del Real Erario. Derramaron
con la mayor atrocidad la inocente sangre
de sacerdotes fieles y magistrados justos
y fueron causa de todos los desastres,
desgracias y calamidades que experimentamos
y que afligen y deploran los habitantes todos
de esta parte tan importante
de la Nación Española,
aquí clavadas por orden
del Sr. Brigadier
D. Félix María Calleja del Rey,
Ilustre vencedor
de Aculco, Guanajuato y Calderón
y restaurador de la paz de esta América.

Oh cómo arden esas cabezas, esos
garfios hoy solitarios: míralos
en este recio arte de subir y bajar,
bordear la siniestra Alhóndiga,
memorizar cabellos, frentes, ojos,
orejas, narices y bocas pendientes
del atrocísimo cielo de la real venganza.
–          1810 ardió y 1811 fue la humareda final
de la insurgencia primera.
Ay, amor, oh tú, que llegaste como un aire
despacioso pero firme y oloroso a clavel;
ya parece que llego al final, a mi propio fin,
al definitivo hospital, a un quirófano
de olas amargas; acaso a un bosquecillo
como el que ahora beso en este sitio exacto
de tu vientre cuyo nombre he olvidado.
–          Mi amor por ti es una brizna purísima,
una luz interminable como la muerte,
como esta dolencia en toda mi cabeza y en mis uñas.
–          Te doy las gracias que no necesitas por comprender
el silencio que me rodea y mis sílabas apenas perceptibles.
Mil gracias pongo aquí, en tu pecho, en tu cabellera,
en el inminente adiós de tus resecos labios,
en la tibia humedad de tus ojos,
por cuanto has escuchado,
por la heroicidad y el martirio
y porque quiero que sepas, amor y oleaje,
que las cabezas de los héroes
permanecieron en Granaditas hasta 1821,
¡once años allí, cabecitas de patriotas,
mi Mariano Jiménez, mi Juan Aldama,
mi capitán Allende y mi padrecito
de las vides y del barro cocido
y de las moreras y la campanada a la hora precisa!
–           Once años, pues, hasta que fueron trasladadas
a la ermita de San Sebastián,
que no sé dónde está ni me importa,
porque más que la ceniza me importa la sangre,
y la sangre, oh limpitamente desnuda,
amada de todo mi corazón,
estás más un poco más cerca
de esta milagrosa vida mía
que de la muerte de los míos
y la temerosa y vibrante
llanura de sombras que es
nuestra patria.

–                            Mexico-Tenochtitlan, 1973-1978

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

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