Amor, patria mía 3/4 (11-IX-2018)

[…]

Pero ahora recuerdo: déjame buscar
el texto de un sinsonte cubano
llamado José Martí. Aquí está, en su afamado
Discurso sobre México, de 1891, y haciendo
la dramática historia desde la Conquista:
Trescientos años después, un cura,

ayudado de una mujer y de unos cuantos locos,
citó su aldea a guerra contra los padres
que negaban la vida de alma a sus propios hijos;
era la hora del Sol, cuando clareaban
por entre las moreras las chozas de adobe
de la pobre indiada; ¡y nunca, aunque velado
cien veces por la sangre, ha dejado desde entonces
el sol de Hidalgo de lucir!
–          (Porque, amor mío, el ave a punto de morir
en la batalla, en su país, supo de nuestros
héroes, de todos los héroes.
Supo de sí mismo.)
–          Y así mira José Martí a Hidalgo, en
Dolores:
Vio maltratar a los indios,
que son tan mansos y generosos,
y se sentó entre ellos como un hermano viejo,
a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien:
la música que consuela; la cría del gusano, que da la seda;
la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí,
y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer ladrillos.
Le veían lucir mucho de cuando en cuando
los ojos verdes…
–          Veo a Martí melancólico, escribiendo poemas,
manifiestos. ¿Puedes verlos a los dos, al sacerdote
que leía a los filósofos del siglo XVIII
y al poeta que amó y fue amado? Los junta
una palma real, una morera, un mezquite del Bajío
y un huizache para perfumar el ensangrentado paisaje.
–          Te decía pues que en Chihuahua,
un día de horrores… Pero no, si lo dejamos
atado a un nogal, comenzando a padecer.
Y en Chihuahua, un día horroroso,
lo sacaron de su celda para ser degradado.
Luego doce soldados lo condujeron a un corral.
Alguien dijo que el Padre nuestro
llegó al cadalso como a un acto ordinario,
sin significación, como quien se dirige
a una ventana de su recámara
para ver si lloverá…
–          ¡Pero si ya estaba destazado!
Si te cuento, dulce mía,
que disparó la primera fila y tres de las balas le dieron en el vientre
y la otra en un brazo que le quebró.
El dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo,
por lo que le safó la venda de la cabeza
y nos clavó aquellos sus hermosos ojos que tenía.
Las balas de la segunda fila
le dieron todas en el vientre…
Poco estremo hizo, sólo sí
le rodaron unas lágrimas muy gruesas.
Pero nada hizo desmerecer su hermosa vista.
La tercera fila de soldados lo despedazó.
… después se metió adentro,
le cortaron la cabeza, que se saló,
y el cuerpo se enterró en el camposanto.
–          No cuento más, porque es mucho el amor
y muchísima la resignación
y excesiva la pasión
y desbordada la demencia.
–          ¿Termino? ¿Así lo quieres tú, encendida
y desnuda como el sol y su silencio?
[…]

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

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