Amor, patria mía 1/4 (9-IX-2018)

 

Advertencia. Ésta es una nota gravemente importante. Una advertencia necesarísima, que debe ser considerada por todos los lectores, sobre todo aquellos menos avisados y avezados en cuestiones de poesía. Yo soy uno de esos distraídos. El hecho es que, para darle fluidez a la lectura de este poema, he suprimido los subrayados y las comillas. Por ejemplo, a nadie escapará que la excomunión dictada por Abad y Queipo está caprichosamente cortada, y todos verán que el testimonio del fusilamiento del Padre Hidalgo está escrito en prosa de la época. No extrañen, pues, un “estremo” y un “safó”. Pido clemencia por lo que algunos habrán de calificar como una audacia… incalificable; el haber versificado textos clásicos, y emparejarlos con lo que es estrictamente mío. No lo pude evitar, y sólo aguardo que la historia poética me absuelva. E.H.
En un lugar de tu vientre
de cuyo nombre no quiero acordarme,
deposité la seca perla de la demencia.
–          Como era natural,
ya había perdido todo lo deseable
y realizado trabajosamente
los más feroces estudios obscenográficos.
–          (Amó tanto el pobre,
que ni perdón de Dios alcanzó.)
–          No hizo llorar a los muertos ni a los vivos
ni utilizó el cuchillo filoso que siempre cargaba
como si fuera el libro del más maldito amor.
Vio muertos y heridos pero a él nada le pasó.
Y en tu oreja derecha, que es mi biografía,
murmuré en desolada piedad:
¡Desnúdate, que yo te ayudaré!
Te desnudaste con sol y agua
y el siniestrado pudo escalar los muros
con sentido de río, árboles y luna.
Fue cuando me extravié en tu selva oscura
y hube de perder toda verde esperanza
pues no hay dulzura ni piedad para los afligidos.
Por eso tropecé entre los linderos de las mariposas.
(Hablé en mexicano, lloré en portugués y en chichimeca
y en mazahua y en otomí.
Me detuve a cavar mi fosa en San José Atlán,
al pie del sabino fieramente hendido por un rayo.
Callé las miserias de este mundo, las del otro,

las de siempre, las de toda la carne
y todo color y todo aroma.)
Ocurrió en medio del camino de la Poesía
a la hora en que me tropecé con doscientos cadáveres
de poetitas marxianos;
‘tonces tomé mi quinto aire
cogí las curvas como un loco
y como loco me reí de aquellos
que llegaron a la estación de Finlandia
y se regresaron como peces embrutecidos.
–          (Era el tiempo del poeta que dijo:
Tú eres más deseable que la guerra de los cien años,
y luego se escuchó, como el primer eco del planeta;
Adoro tu pecho cercenado,
la mútila sonrisa de piadoso ardor,
porque eres bella, con la belleza total de ciertos asesinatos
la hermosura de los ahorcamientos
el inminente vaso vacío del suicida
y la dulce entrega
sobre diamantes y musgo.)
–          Escribió su Poema del Bajío
(ah, su primer poema)
y en él estaba la tierra negra
y relampaguearon los ojos de Hidalgo.
–           Los ciclos finales de su larga vida
se los pasó causando lástimas
en las antesalas de los cardiólogos y otorrinos.
Olía a hospital de mala muerte
y a veces a persona mal educada
a poeta despaciosamente exterminado.
Su mujer y sus hijos lo cobijaron
como a una gallina mojada
o el último cisne con el cuello torcido.
Resulta pues
que el orgullosamente marginado,
el proscrito,
hubo de meterle mano a la Historia
y releer que un obispo
y decenas de frailes y tenientes
humillaron universalmente
al hombre de los ojos jade-jadeantes:
Anatema y excomunión
Para el Padre frenético.
Tormento, despojo y entrega a Datán y Abirán.
Maldición para él en nombre de todas

–sin faltar una– las huestes celestiales.
Persecución total, santísima condenación
para el Padre alfarero
en donde quiera que esté,
ya sea en la casa, en el campo,
en el bosque, en el agua o en la iglesia.
(Era el 27 de septiembre de 1810.)
Sea maldito en vida y muerte.
Sea maldito en todas las facultades de su cuerpo.
Sea maldito comiendo y bebiendo, hambriento,
sediento, ayunando, durmiendo,
sentado, parado, trabajando o descansando y sangrando.
Sea maldito interior y exteriormente;
sea maldito en su pelo,
sea maldito en su cerebro y en sus vértebras;
en sus sienes, en sus hombros,
en sus manos y en sus dedos.
–          (Dígote, amor mío,
que al cura párroco de Dolores
le siguieron dos capitanes
un bachiller cinco sargentos
un granadero tres presbíteros
dos serenos cuatro correos
un herrero cuatro músicos
y veinticinco vecinos, mi amor, tú que eres
adorable paloma como una patria.)
[…]

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

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