Para un mordisco (21-VII-2018)

 

Propio camaleón de otros cielos mejores,
a cada nueva aurora mudaba de colores.
–           Así es que prefiriera a su rubor primero
el tizne que el oficio deja en el carbonero.
–           Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
–           Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
–           se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
–           Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
o del traje de luces de un matador de toros.
–           Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
a decir que hubo una “primavera amarilla”,
–           con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
en olas circunflejas como en el mar de Ulises.
–           ¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
–de un vértice a un escollo– saciaba la pupila!
–           Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
el color se evapora y otra vez sube al cielo,
–           y ya sabemos que poco a poco se va
aun la marca de fuego de la infidelidá.
–           Y se acabó la historia. –Tal era la mordida
que lucía en el anca mi querida.

Alfonso Reyes (1889-1959)
Obras completas
Tomo X, Constancia poética
Fondo de Cultura Económica
México, 1959

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