De “Elementos para un poema” (29-VI-2018)

 

XIV
Puedo asegurarte que jamás escribiré un poema que me salve. Ninguno más allá del ruido de los platos en la mesa, ninguno más musical que un canto de paloma solitaria en la sequía, ninguno con más calor que la tibieza de una sábana limpia. Llevo la marca inevitable de la muerte y, sin embargo, regreso, para perder el tiempo, a la misma mesa del café todas las tardes. No escribiré pues un poema que se vuelva mi sarcófago, mi carne; sin bálsamo, se perderá en la arena.

Norberto de la Torre (1947)
Tiempo es una metáfora que duele
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Editorial Universitaria (UMSNH), 2002

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Paspié (28-VI-2018)

 

Orza el timonel (la casa será el mundo),
con la calma de la pausa el mar recorre la proa, deletrea la quilla,
silencio a derredor, un golpe apenas se aparea:
goteo de alcohol sobre la borda.
–          Ando curtido de sal, de rastros minúsculos de cielo
(irrumpen olas a destajo),
crujidos, madera engarzada de tempestad y rabia,
la caída de un cuerpo en las amarras.
–          Sin paz, sin voz, mecido al viento y a la suerte,
atrapado por el olor a yodo (el laurel no habita en su cabeza),
sujeto por la sal que trae consigo la desventura,
huele su líquida fortuna.
–          En la almadraba los atunes (prisa y bravía, sopor),
ante el calor la ocultación de la fiebre, el pasmo;
embrutece el ruido al oído. Rastros, olores;
en el ámbito de su piel (paisaje) se solazan los insectos.

Rocío Cerón (1972)
En La luz que va dando nombre: Veinte años
de la poesía última en México 1965-1985
Alí Calderón (coordinador) Jorge
Mendoza, Álvaro Solís, Antonio Escobar
Gobierno del estado de Puebla, Puebla, 2007

La camisa azul (27-VI-2018)

 

Fernando:
Estoy aquí con la mirada fija en tu camisa azul. Está colgada en la silla. Si fuera una camisa verde te la habría tenido que planchar porque las verdes son tus favoritas, pero no, es azul como mis sueños; está arrugada, encogida, como me queda el corazón cuando te vas.
–          Afuera, la lluvia no cesa. También me llueve por dentro y tengo frío. El Adagio de Albinoni hoy suena más triste. La luz mortecina de la tarde se está disolviendo en el aguacero, y yo, con esta nostalgia en que me dejas. Clavada en mi silla con mi mirada verde, sin esperanza, sigo platicando con tu camisa y no voy a la cama porque sin ti es más ancha y más fría, aunque las sábanas sean azules, del color de mis sueños.
–          Nomás porque estás colgado de mi corazón, como la camisa en el respaldo, hoy tu ausencia es más fuerte que tu presencia.

Lucero Martínez Miranda (1950-2016)
Palabras de mi mano
Cravioto Editores (Torreón),
Guadalajara, 2017

Dolor (26-VI-2018)

 

Mi abismo se llenó de su mirada,
y se fundió en mi ser, y fue tan mía,
que dudo si este aliento de agonía
es vida aún o muerte alucinada.
–          Llegó el Arcángel, descargó la espada
sobre el doble laurel que florecía
en el sellado huerto… Y aquel día
volvió la sombra y regresé a mi nada.
–          Creí que el mundo, ante el humano asombro,
iba a caer envuelto en el escombro
de la ruina total del firmamento…
–          ¡Mas vi la tierra en paz, en paz la altura,
sereno el campo, la corriente pura,
el monte azul y sosegado el viento!

Enrique González Martínez (1871-1952)
Poemas truncos (1935)
En Obras completas, El Colegio de México, México, 1971

Epitafio (25-VI-2018)

 

De estatura mediana.
Con una voz ni delgada ni gruesa.
Hijo mayor de profesor primario
Y de una modista de trastienda;
Flaco de nacimiento
Aunque devoto de la buena mesa;
De mejillas escuálidas
Y de más bien abundantes orejas;
Con un rostro cuadrado
En que los ojos se abren apenas
Y una nariz de boxeador mulato
Baja a la boca de ídolo azteca
–Todo esto bañado
por una luz entre irónica y pérfida–
Ni muy listo ni tonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y de aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!

Nicanor Parra (1914-2018)
Material de Lectura
UNAM, México, 1987

Señora Santana (24-VI-2018)

 

Para Esteban y Calletana (qepd)

–Señora Santana
¿por qué llora el niño?
–Por una manzana
que se le ha perdido…
–          Pero el niño no llora
ni se duerme con la nana
que le canta su abuela.
Le gusta oírla,
arrullarse sin cerrar los ojos,
jugar a que es un bebito
y que el mundo
cabe en ese pedazo de cama,
en esa mano de arrugas
que le palmea la espalda
suavecito
mientras le dice
que arriba del cielo
hay un agujero
por donde se asoma
Calzones de Cuero…
–          Y entonces viene la risa
porque quién sabe cómo
se imagina a ese extraño
personajes del que habla
aquel canto.
Ella le dice que se vaya
mucho al demonio
porque ella sí tiene sueño
y se voltea para dormir.
Él se queda despierto y divertido
saboreando la manzana
perdida
y el eco de la voz
de Cachetana

Carmen Julia Holguín Chaparro (1967)
…y a pesar de las cicatrices
The University of New Mexico, Albuquerque, 2017

Reflexión sobre un recinto barroco (23-VI-2018)

 

En un claustro geométrico de luces,
la garra de la monja escribe, sella
su ardor, con una imagen dual de estrella
que, al sol con corte de astros, cae de bruces.
–         La envidia se encapucha. Fijas cruces
proyectan filo o sombra en la faz bella
(rayas que en la memoria blanca de ella
trascienden a barrotes –tragaluces).
–          Puede ser expansivo su mañana.
Su pulso es orbitado por la plana
superficie del mundo, y no despacio.
–          En la celda sonora de Sor Juana
resuenan resplandores de palacio:
los signos dispersados al espacio.

Samuel Noyola (1965–¿2007?)
El cuchillo y la luna. Poesía reunida
Conarte / El Tucán de Virginia,
Monterrey, 2011