Café Korb (14-IV-2018)

 

Con alguna frecuencia, en tardes
o al anochecer, al principio de su estancia,
el forastero llegaba al Café Korb,
buscando que la soledad
se quedara dos horas
como la chamarra en el perchero,
buscando algo que pareciera
rumor o luz de vida, algo
para sentirse menos solo
en una ciudad de gente sola,
y el mesero alto, grueso,
amable, tomaba la orden,
“Mire, deme…”,
algo, algo que permitiera leer
un ensayo, un cuento, periódicos
del día o tal vez escribir
el borrador del borrador de un poema
que no conocía el inicio,
y el mesero servía el Moka grande
o un doble té,
y él veía desde la mesa gente
cruzar o leer diarios o
quedarse como estatua o hielo,
y pensaba, mientras leía, que cuerpos
como los de Alejandra o Agnes tenían
el sol que no tenía Austria,
mientras afuera, en las calles,
caía nieve o lluvia o bruma o
delineaba apenas una
delgadísima luz, y él, al bajar al baño
y mirarse en el espejo, confirmaba que
el pelo seguía encaneciendo o destruyéndose,
pero qué vida (se preguntaba) empezar
a los cuarenta, que sea realmente vida,
y subía de nuevo para sentarse un rato
–y las mujeres cruzaban.
“La cuenta, por favor, sí, todo
estuvo bien, gracias”,
descolgar la chamarra y ponérsela,
y salir hacia la calle
y a la noche sin perros.

Marco Antonio Campos (1949)
El forastero en la Tierra (1970-2004)
El Tucán de Virginia / Conaculta, México, 2007

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