Escribo de madrugada (26-IV-2018)

 

Escribo de madrugada,
cuando todos duermen,
a una hora que no siento
y todas las luces se apagan.
–          Lo hago de la mano
de una misteriosa quimera,
que en el susurrar del tiempo
me dicta lo que nunca ocurre
en mi velado pensamiento.
–          Y con mi duende evoco aquellos paisajes
que, con lápices, iluminé de niño,
obsesiones, que, ya sin coraje,
invariablemente recuerdo y repito.
–          Un mar azul que inventó el color,
la esperanza, la poesía y el amor,
planicies llenas de viñas y olivos,
montes cubiertos de luz y de olor
y valles surcados por caudalosos ríos.
¿Cómo dibujar hoy aquellos espacios
perdidos entre la bruma del olvido?
¿Qué me decían esos campos
que me acompañaban de niño?
–          Todo se perdió en un abismo.
Duró un instante
como la jacaranda en flor,
ya nadie ha sido lo de entonces,
ni mis sueños, ni mis lápices,
ni el color.

Vicente Guarner (1893-1981)
Palabras de ausencia
Ardiente Paciencia, México, 2011

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De “El poema del lago” (25-IV-2018)

 

VII
El baño del centauro

Chasquea el agua y salta el cristal hecho astillas,
y él se hunde; y sólo flotan, del potro encabritado
la escultural cabeza de crines amarillas
y el torso del jinete, moreno y musculado.
–         Remuévense las ondas mordiendo las orillas,
con estremecimiento convulso y agitado,
y el animal y el hombre comienzan un airado
combate, en actitudes heroicas y sencillas.
–         Una risueña ninfa de carne roja y dura,
cabello lacio y rostro primitivo, se baña;
las aguas, como un cíngulo, le ciñen la cintura;
–         y ella ve sin pudores… y le palpita el seno
con el afán de darse, voluptuosa y huraña,
a las rudas caricias del centauro moreno.

Luis G. Urbina (1864-1934)
Poesía mexicana I, 1810-1914
Introducción, selección y notas de José Emilio Pacheco
Promexa, México, 1979

De niña no salía… (24-IV-2018)

 

De niña no salía a jugar a la calle,
no hubo parques ni aceras
donde poder crecer sin darme cuenta.
La acera era una vía que nos acompañaba
o nos salía al paso.
Nunca sentí cómo crecían los árboles,
los nuevos edificios.
A la ciudad siempre la vi de lejos,
al pasar,
al margen de los juegos, de los amigos
con los que la haces tuya.
Los muros y el rebote de pelotas,islas,
o los niños paseando en bicicleta
eran islas lejanas, veranos por la tarde
que iba a visitar de vez en cuando.
–                   A una ciudad extraña llegó mi adolescencia,
yo la fui descubriendo con mi hermano y mis primos
recién llegados de Madrid.
Parecía un verano interminable,
persiguiendo una infancia que se iba
junto con los lugares que nunca conocimos realmente.
La ciudad caminaba con nosotros al ritmo de los Beatles
y otras ciudades poblaron nuestras vidas.
–                   Yendo a San Ángel desde la Condesa,
ya no mirábamos pues nos volvimos parte del paisaje.
La ciudad iba cambiando con nosotros,
íbamos rumbo a la universidad,
y de pronto dejamos de seguir
esos últimos cabos de la infancia,
ya no nos importaban, fingíamos ser otros
que la ciudad había dejado atrás desde hacía tiempo.

Alicia García Bergua (1954)
La anchura de la calle
Conaculta, México, 1995

XXIII (23-IV-2018)

 

Los cantineros, en todos los países,
tienen algo en común. Muestran siempre
cierta facilidad para adaptarse al mundo,
para ver los problemas como algo venidero,
inevitable. Uno habla con ellos como con un hermano,
con ese simple lenguaje universal
de lo incomprensible.
–         Se invita mutuamente la cerveza, el vino,
el cognac acaso, si el bar es lujoso,
y se mira pasar toda esa larga historia
a la que los viajeros nos hemos ya acostumbrado.
–         Se puede hablar lo mismo del costo de la vida,
la calidad de la cerveza consumida a solas
o algún otro tema no menos trascendente: las mujeres,
los dioses o el beisbol.
Ellos están siempre dispuestos,
filósofos eternos, a discurrir sobre todos los temas peliagudos,
sobre asuntos confusos a los que el simple bebedor
no ve salida, y tiene la virtud de saber conservar,
cuando el viajero pierde el juicio, la ecuanimidad.
–         Pero igual que nosotros están solos. Los cantineros
siempre están solos: se ven ir por los días
hablando todo el tiempo con esporádicos
andantes, con buscadores de la vida, aventureros siempre
son lugar preciso, y ven venir la muerte como cualquier humano,
a pesar de su casi idílica frescura,
y hay cantineros en el mundo que no podrán morir jamás.

Gilberto Mesa (1954)
Nadina y los patos
SEP/Crea, México, 1984

6 (22-IV-2018)

 

Así crecimos
mi hermana y yo
varas de campo
mirando
si alguna estrella
destilaba maná
–         vacas flacas en el horizonte
–                            la tía
la abuela
–              la niña
–         toda leche nutricia
–         a los varones
así crecimos
–                     niñas madres
cuidando hermanitos
antes de aprender
en el ropero
no encontramos el regazo
en la alacena
–                 sólo
alimento de alas vacías
–           ni patio donde gritar

ahora
cuando los hijos
nos piden
vamos al súper
¡oh
cuánta leche
nos sale de la nada:

…diluya una cucharadita
de polvo
en un vaso de lágrimas.

Zelene Bueno (1965)
Niña que piedra
Consejo Estatal para la Cultura y las Artes
Guadalajara, 2010

Como vitaminas (21-IV-2018)

 

Voy a darles un ejemplo personal: considero a la poesía uno de los componentes más importantes de la existencia humana; no meramente como un valor, sino como un elemento funcional. Deberíamos prescribir la poesía como recetamos vitaminas.

Je vais donner un exemple personnel: je considère la poésie comme l’une des composantes les plus importantes de l’existence humaine, pas tellement comme valeur, mais comme élément fonctionnel. Nous devrions prescrire la poésie comme l’on prescrit des vitamines.

Félix Guattari (1930-1992)
De una conferencia en Sao Paulo (1982)

 

De “Notas sobre poesía”

Prólogo

El poeta tiene ideas acerca de la poesía en las que manifiesta la relación que existe entre él, como inteligencia, y la misteriosa substancia que elabora. Estas ideas –hasta donde he podido observar– son tan precisas, cada una en su aislamiento, como las que se forma el artesano sobre la calidad de sus materiales o la eficiencia de sus herramientas; pero, faltas de articulación y de método, no sería posible ensartarlas en un cuerpo de doctrina sino, nada más, ofrecerlas en estado de naturaleza, como impresiones personales que no alcanzan a penetrar en el enigma de la poesía, aunque sí, cuando menos, proporcionan una imagen de la personalidad del poeta.
El poeta no puede, sin ceder su puesto al filósofo, aplicar todo el rigor del pensamiento al análisis de la poesía. Él simplemente la conoce y la ama. Sabe dónde está y de dónde se ha ausentado. En un como andar a ciegas, la persigue. La reconoce en cada una de sus fugaces apariciones y la captura por fin, a veces, en una red de palabras luminosas, exactas, palpitantes.
La poesía no es diferente, en esencia, a un juego de a escondidas en que el poeta la descubre y la denuncia, y entre ella y él, como en amor, todo lo que existe es la alegría de este juego.

José Gorostiza (1901-1973)
Cauces de la poesía mexicana, y otros textos
UNAM / Universidad de Colima, México, 1988

Cuerpos ausentes (20-IV-2018)

 

La madrugada los sorprende
murciélagos
con su cara enjuta
y tiesa.
–         Arrasada por la sombra,
insolada, la azotea,
de par en par, hace subir
el vapor honesto de un
pesado cordón.
–         Mundo sin historia que
tiende sus hilos al sol.
Telégrafos de paño orean
miserias perfumadas y
orgullos desteñidos;
prendas desvestidas de lubricidad
se codean con miniaturas de franela.
–         Mundo de gatos y gateos,
canastos y cubetas,
mecates, cintas y alambres,
palanganas, jaulas y jofainas.
Por un eje cuelgan geométricos
Rectángulos: magenta, rosa y bermellón
manteles de una fonda.
–         Suspiros de jabonadura,
charcos irisados
y el viento que se
hamaca en un flojo cordel.
–         La luna, cómplice
del abandono, serena
los tendederos asustados
de su blancura.

Margarita Mansilla (1953)
Estancias de labor
UNAM, México, 1991