Los 5 sentidos (31-III-2018)

 

1
En el telar de la lluvia
tejieron la enredadera
–¡madreselva, blanca y rubia!–
de tu cabellera negra.

2
¡Si el picaflor conociera
a lo que tu boca sabe!

3
Iluminados y oscuros
capulines de tus ojos,
como el agua de los pozos
copian luceros ilusos.

4
Cuando te toco parece
que el mundo a mí se confía
porque en tu cuerpo amanece,
desnudo pétalo, el día.

5
Por tu voz de mañanitas
he sabido despertar
de la realidad al sueño,
del sueño a la realidad.

Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949)
Material de lectura. Poesía moderna. 58
UNAM, México, s/f

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Cuarta Anunciación (30-III-2018)

 

Recordando a Milosz
en el Café del Gringo,
mientras bebo un espreso
y fumo un Delicado,
contemplo como él
sus torsos, sus escotes,
los pies en las sandalias,
el resplandor desnudo de sus muslos.
–         “Ya no estás en edad,
pinche viejo chirrisco”,
resuena en mis adentros
la voz de una muchacha
que desdeñó a un amigo,
y, sin embargo, en el Café del Gringo,
no hago otra cosa que lo que siempre he hecho
cuando a mis siete años
el cuerpo de María,
la espiga de su piel
se enredó con mis ojos.
–         Desde entonces soy eso;
una extraña pregunta
ante el decir oscuro de sus hombros desnudos,
de sus labios sin tiempo,
de sus pies que equilibran,
entre el cielo y la tierra,
el resplandor exacto de su vientre
y me hacen amar todo:
una desgarradura
–mitad contemplación
y mitad apetito–
ante el blanco estupor de una puerta entreabierta.
–         Yo sé que cuando muera
–lo sabía Milosz ese día en Mineápolis–
por fin habré entrado
y libre de estos huesos
que desean y duelen,
tocado en el vacío,
contemplaré en mi carne
lo que ellas balbucen en el Café del Gringo,
y sentiré sus hombros,
el sabor de sus labios,
el gozo de sus pies sobre sandalias,
el cobalto del cielo,
el sol, la arena, el agua,
lo que he amado del mundo por María.

Javier Sicilia (1956)
Vestigios
Era, México, 2013

Mi Cristo de cobre (29-III-2018)

 

Quiero un lecho raído, burdo, austero
del hospital más pobre; quiero una
alondra que me cante en el alero;
y si es tal mi fortuna
que sea noche lunar la en que me muero,
entonces, oíd bien qué es lo que quiero:
quiero un rayo de luna
pálido, sutilísimo, ligero…
De esa luz quiero yo; de otra, ninguna.
–         Como el último pobre vergonzante,
quiero un lecho raído
en algún hospital desconocido
y algún Cristo de cobre agonizante
y una tremenda inmensidad de olvido
que, al tiempo de sentir que me he partido,
cojan la luz y vayan por delante.
Con eso soy feliz. Nada más pido.
–         ¿Para qué más fortuna
que mi lecho de pobre,
y mi rayo de luna,
y mi alondra y mi alero,
y mi cristo de cobre,
que ha de ser lo primero…?
Con toda esa fortuna
y con mi atroz inmensidad de olvido,
contento moriré; nada más pido.

Alfredo R. Placencia (1875-1930)
Otro Adán expulsado
Material de lectura. Poesía moderna. 54
UNAM, México, s/f

Lo mío (28-III-2018)

 

I
Y lo mío me espera tan lejos de nosotros
que nunca volveré a su dulzura intacta.
Quiero morirme un día soñando con mis cosas
y con ese amor tuyo que no me las dará.
–         Si te tuviese entero no tendría tampoco
esa dicha absoluta que mi demencia exige;
y si vuelvo a lo mío sin ti, ¿cómo sentirme
total, y realizada, en beatitud perfecta?
–         Mi deseo clavado en doble cruz de afanes
se distiende y disloca entre rumbos contrarios.
¡Qué fatigoso andar y desandar sin tino
de cien vías opuestas cuyo término falla!
–         A tu lado me duele la ausencia de mí misma,
esa absorción en ti que me hace vulnerable
solamente a lo tuyo y me impide el retorno
a lo que me quitaste; la entraña de mi entraña.
–         De ti a mí una ruta que alargas cada día;
de lo mío hasta mí, una senda en el mar.
Desde esta cruz de afanes, voy renunciando a todo.
¿Se abre acaso la aurora de mi resurrección?

II
C’est chez nous ou il n’y a plus personne.
Rainer Maria Rilke

Nadie ya. Ni una sola presencia que atenúe
la orfandad sin alivio de los lechos,
ni el solitario asombro de las cosas
que ningún roce familiar constriñe.
–         Sólo pisadas muertas que la inquietud no atisba
con el ávido afán del amor vigilante,
y roces de otros tiempos que amarillean, pálidos,
entre las vibraciones de un eco indefinido.
–         Lo nuestro sin nosotros, sobrevive a la ausencia
y resucita, fiel, ademanes antiguos,
contactos ya dispersos en los que brotan ágiles,
fervores renovados, latidos aún en ascuas.
         No hay nadie, pero todos volvemos allí mismo.
¡Permanencia inmutable que burla la distancia
y mantiene a través de un remoto pasado
un hábito de vida! ¡Eternidad, memoria…!

III
Cada vez más sola, cada vez más mía.
¿Para qué nos sirven báculos y estrellas?
Hay nubes que ocultan la luz más brillante
y vientos que quiebran el tronco más recio.
–         Cada vez más honda. Cada vez más firme.
Que los otros anden sin rumbo ni meta.
Yo marcho en silencio, hacia mí, hacia todo.
Y mi voluntad abarca el espacio.
–         ¡Caminos del mundo! Qué ancho refugio
para el que los cruza sin ansias ni miedo,
para el que ya sabe dominar sus pasos
y no se detiene en fútiles huellas.
–         Para el que acaricia en todas las rutas
la ruta esencial, raíz verdadera,
la senda remota que allá en lo profundo
encauza y sostiene la llama del ser.
–         Cada vez más sola. Cada vez más rica
de ausencia y desdenes, y nobles olvidos.
¡Con qué amplio gesto recorre la tierra
el que nada quiere y todo lo dio!

Ernestina de Champourcin (1905-1999)
Rueca, Primavera 1942 México
Año 1, número 2, pp. 96-99

La Estrella (27-III-2018)

 

Todo está en calma.
La ciudad y su halo anaranjado
tiemblan ligeramente
cuando desde la peña los miramos.
Un mundo de cabezas descansa,
y los borrachos
con racimos dorados,
caras de dioses falsos
coronados por su propia ebriedad,
juntan angustia y gozo
en su fiesta nocturna.
El cansancio cubre los rescoldos del día
y todo se junta en una gran respiración.
Los cuerpos bajo las sábanas viven
y se buscan en las camas desiertas.
Un hombre que sueña nunca está solo,
lo acompañan fantasmas de todas las edades,
las figuras de todas las edades del mundo.
Al abrir la ventana
se aferra al último vestigio de la noche:
la estrella matutina.
Todo está en calma;
Sobre la gran cabeza brillan las estrellas;
en el cielo hay caminos,
y esta noche todos tenemos alas.

Hugo Gutiérrez Vega (1934-2015)
Material de lectura. Poesía moderna. 91
UNAM, México, s/f

Lied de la noche (26-III-2018)

 

La nuit vient sur un char
conduit par le silence
Lafontaine

Y, de repente,
llega la noche
como un aceite
de silencio y pena.
A su corriente me rindo
armado apenas
con la precaria red
de truncados recuerdos y nostalgias
que siguen insistiendo
en recobrar el perdido
territorio de su reino.
Como ebrios anzuelos
giran en la noche
nombres, quintas,
ciertas esquinas y plazas,
alcobas de la infancia,
rostros del colegio,
potreros, ríos
y muchachas
giran en vano
en el fresco silencio de la noche
y nadie acude a su reclamo.
Quebrantado y vencido
me rescatan los primeros
ruidos del alba,
cotidianos e insípidos
como la rutina de los días
que no serán ya
la febril primavera
que un día nos prometimos.

Álvaro Mutis (1923-2013)
Material de lectura. Poesía moderna. 24
UNAM, México, s/f

Lady’s Journal (25-III-2018)

 

el ratón te contempla extasiado
la araña no se atreve a descender ni un
–         milímetro más a la tierra
el café es un espectro azul sobre la hornilla
dispuesto a desaparecer para siempre
–         oh sí querida mía
son las siete de la mañana
levántate muchacha
recoge tu pelo en la fotografía
descubre tu frente tu sonrisa
sonríe al lado del niño que se te parece
–         oh sí lo haces como puedes
y eres idéntica a la felicidad
que jamás envejece
–         quédate quieta
allí en ese paraíso
al lado del niño que se te parece
son las siete de la mañana
es la hora perfecta para comenzar
a soñar
–         el café será eterno
y el sol eterno
si no te mueves
si no despiertas
si no volteas la página
en tu pequeña cocina
frente a mi ventana

Blanca Varela (1926-2009)
Material de lectura. Poesía moderna. 140
UNAM, México, 1988