Consolament (23-II-2018)

In memoriam
María del Consuelo
(1934-1994)

Pasan ocho pájaros, grandes. Tor*dos o zanates mientras el sol anaranjado ya se pone. Ocho pájaros que yo quisiera nueve. Los conté. Hace unos minutos parecía que iba a llover. Pero no, el viento se llevó las nubes hacia el poniente y por debajo apareció el sol, los pájaros. Los conté, eran ocho y no como yo quisiera nueve, el Número. La naturaleza no simula. Suma, resta. Hace unos minutos parecía. Hace unos minutos mi madre estaba viva. A la resta habrá que sumarle su ausencia. El sol se pone, qué resta. La noche es lo que resta. Tordos o zanates suman ocho y no como yo quisiera, nueve.

*

Alonso tiene cinco años. Desde ahí me dice que la palmera junto a la que juega es más alta que el edificio de espejos al otro lado de la avenida. “Es la torre más alta de Guadalajara”, recuerdo que me dijeron y le digo. Desde sus cinco, Alonso me mira, y a la palmera, y a los espejos. No sé si me cree, no le pregunto. Tampoco le pregunté a mi madre si sabía que se estaba muriendo. Hace ya muchos meses que terminaron la torre y sigue vacía. Sus muros son espejos que la protegen del otro vacío, el de afuera. A veces los lavan. Alonso juega junto a la palmera.

*

La ventana se cerró de golpe. Afuera todo el cielo era nubes, grises, viento. Una muchacha con un vestido rojo avanzaba por la avenida, frente a las jardineras. No había nadie más, ella avanzaba de sur a norte, entre ráfagas de viento con su vestido rojo y una bolsa negra colgándole del hombro. Entre cielo y suelo. Mi madre, que murió de cáncer, era Leo. No tarda en llover y va a mojarse, pensé. El cabello negro y lacio atado con una cinta blanca. Mi madre, que era solar y abierta, murió de un cáncer oculto tras el páncreas. Murió de algo escondido, en la entraña. No había más, ella avanzaba. Y los zapatos blancos.

*

Escribir o caminar sobre el agua. De niño yo tenía muy clara la imagen de ese milagro: caminar sobre el agua. Todo es milagro para el niño que vuela en una alfombra de Persia. Lo intentaba en la alberca y caía hasta el fondo. Tal vez el fondo me llamaba, tal vez no había lugar para mí en la superficie –ni en el milagro. Yo intentaba. De pronto, una sola vez, durante un solo instante… y sin testigos. Tampoco hubo las voces llamándome en la barca. En el fondo sí. En el fondo mi madre, antes de morir, cantaba.

*

Lo que mi madre cantaba no se puede decir. No era un decir, era un oír. Su voz venía del fondo y me devolvía a la superficie, mostraba un camino hacia la respiración. Entre dos aguas, lejos del fondo y lejos todavía de la superficie, a la deriva. Más allá del agua yo me hundía en su voz para respirar de nuevo. Ahora creo saber que el milagro es otro: no un paso sobre el agua, sino el paso entre las aguas. Y como aquello que mi madre cantaba no se puede decir, escribo.

Jorge Esquinca (1957)
Caja negra con inscripciones
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

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