México vs. Honduras (2-II-2018)

 

En el panteón de Arriaga,
frente a las vías del ferrocarril,
conocí la tumba de mi abuelo.
–         La masa espesa del monte
esconde lápidas,
ojos,
huesos,
voces a ras
de tierra desprendidas.
–         Esa tarde, papá,
la selección mexicana de futbol establecía
un 4-4-2
ante un tatuado Honduras.
–         La señal de televisión
era un mosco zumbándonos
–         sobre las vías
y nos daba un rumor de Enrique Bermúdez de la Serna:
¡Tuya, mía, te la presto!
–         Atravesamos el cementerio a medio día.
Un campesino desenvainó su machete
y rebanó el aire horizontal
como si dibujara el mar.
–         Hablamos con él, y con su boca desdentada:
Las cosas por aquí están muy jodidas, muertas ya,
dijo, como si en él se edificara
una estructura de huesos.
–         Era la muerte con su abrazo de monte,
estoy seguro.
–         El aire de los cementerios
silba como un tren,
como una campanada
a mitad del parque
–         donde la hierba ha dibujado
para siempre
su costra de abandono.
–         Yo quería ver el México-Honduras
y en cambio íbamos ya driblando ruta:
tu mano al volante,
tu piel sobre el pedal
acelerando en curvas.
Sorteabas tráileres fantasmas, lo sé.
Cruzamos el puerto:
La tráquea de La Bestia,
dijo tu boca
que masticaba un palillo.
–         Aquí está enterrado mi padre,
dijo tu boca al descansar las cubetas de agua
de tus hombros.
–         Una loseta de mármol carcomida
por los gritos del tiempo
dejó entrever el nombre de mi abuelo.
La fecha de su muerte.
–         Trajo entonces un gol el zumbido del aire,
–         ráfaga al ángulo.
La izquierda poderosa de García Aspe,
desde un tiro libre, no alcanzaba
a remontar siquiera.
–         La tierra, nomás de tanto grito,
se nos desmoronó en la garganta.

El tren
–         y sus silbidos;
el tren
–         y su machaca de rieles,
el tren
–         como columna vertebral de Centroamérica.
Entre las tumbas,
desde las ramas,
sombras
comenzaron a encenderse
hasta volverse una estampa de luciérnagas.
–         De súbito
un cuerpo de camisa catracha a la cintura
(“Tyson Núñez”, decía en los dorsales)
se le acercó a papá, con un tatuado nueve
en el omóplato,
y le ofreció un bote de agua al tiempo.
–         El Perro Bermúdez,
desde los bolsillos de aquel mara,
narró:
Donde las arañas tejen su nido.
–         Para la buena suerte,
dijo el tatuado de alacranes en la nuca.
Un poco de agua para la buena suerte.
–         Y se echó a andar al tren
como un hombre
que ofrece la vida
para ya no perder.

Fernando Trejo

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