El regreso… (28-II-2018)

 

El regreso oscureció los eucaliptos:
fue un letargo de ocaso y luna nueva.
Era el acecho de las hembras
que envolvían la colina con aire húmedo
y olvidaban sus ojos diurnos
con suavidad de gemido infantil.
–         Ánima en pena que ascendía al manantial
cual bestia indiferente
le era confusa aquella queja de mujeres.
–         El que regresaba se quedó
entre las ruinas de una casa pálida.

Alejandro Sandoval Ávila (1957)
El paso de las bestias y las aguas
Ediciones sin Nombre / Secretaría de Cultura, México, 2016

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¿Cómo iba a llegar? (27-II-2018)

 

Para Rafa, el místico

¿Cómo iba a llegar?
si el viento me retuvo.
Me envolvió en sus luces
–         me azotó
y me acarició con los cascos
de sus caballos.
Subió por mis sentidos,
palmo a palmo
desatando la locura
de oquedades, de
claveles enlazados.
–         Me dejó
muriendo un poco
entre sus labios.
¿Crees que así podría
llegar temprano?

Roxana Elvridge-Thomas (1964)
Labrar en la tinta
Colección Peristerá, México, 1988

Es la historia de siempre (26-II-2018)

 

Es la historia de siempre
con los personajes de antaño
representan la farsa ideal
entretejiendo los hilos adecuados
para saber quién cae primero
–                   ante el desengaño.
–         Es el cuento contado
de estar soñando no dormido
temor de quedarse seco
y sorprendernos
–                   ante la soledad.
–         Es la ira cotidiana
de las ventanas aflojadas
–     las humedades a medio rumiar
es el “run-run” del tren
alejándose por las calles
–    de una ciudad titán
–    capaz de atestar
–                con golpe certero
–                     al primer descuido
–    lo odio
–              todos se fueron por la misma vía.

Mariana Bernárdez (1964)
Labrar en la tinta
Colección Peristerá, México, 1988

Un sueño con zapatos (24-II-2018)

 

Era tarde ya en la noche
un cierto día
cuando empecé a soñar
con mis zapatos solos.
Qué objetos pesados y lejanos
qué cucharas de cuero negro
con el metal de abajo
penetrado por los aires
de una calle y su silencio
en la tierra carcomida?
Fuera de mis pies
los dos zapatos:
dos veces los conté
con la saliva seca.
Si pudiera acercarme
atraparlos convertir en quietud
su movimiento: eso pensé
eso quería.

gastarme en ellos
hasta cumplir con el cansancio
de este mal soñado sueño.

Saúl Ibargoyen (1930)
Nuevo octubre
Axel Editora, México, 1978

Consolament (23-II-2018)

In memoriam
María del Consuelo
(1934-1994)

Pasan ocho pájaros, grandes. Tor*dos o zanates mientras el sol anaranjado ya se pone. Ocho pájaros que yo quisiera nueve. Los conté. Hace unos minutos parecía que iba a llover. Pero no, el viento se llevó las nubes hacia el poniente y por debajo apareció el sol, los pájaros. Los conté, eran ocho y no como yo quisiera nueve, el Número. La naturaleza no simula. Suma, resta. Hace unos minutos parecía. Hace unos minutos mi madre estaba viva. A la resta habrá que sumarle su ausencia. El sol se pone, qué resta. La noche es lo que resta. Tordos o zanates suman ocho y no como yo quisiera, nueve.

*

Alonso tiene cinco años. Desde ahí me dice que la palmera junto a la que juega es más alta que el edificio de espejos al otro lado de la avenida. “Es la torre más alta de Guadalajara”, recuerdo que me dijeron y le digo. Desde sus cinco, Alonso me mira, y a la palmera, y a los espejos. No sé si me cree, no le pregunto. Tampoco le pregunté a mi madre si sabía que se estaba muriendo. Hace ya muchos meses que terminaron la torre y sigue vacía. Sus muros son espejos que la protegen del otro vacío, el de afuera. A veces los lavan. Alonso juega junto a la palmera.

*

La ventana se cerró de golpe. Afuera todo el cielo era nubes, grises, viento. Una muchacha con un vestido rojo avanzaba por la avenida, frente a las jardineras. No había nadie más, ella avanzaba de sur a norte, entre ráfagas de viento con su vestido rojo y una bolsa negra colgándole del hombro. Entre cielo y suelo. Mi madre, que murió de cáncer, era Leo. No tarda en llover y va a mojarse, pensé. El cabello negro y lacio atado con una cinta blanca. Mi madre, que era solar y abierta, murió de un cáncer oculto tras el páncreas. Murió de algo escondido, en la entraña. No había más, ella avanzaba. Y los zapatos blancos.

*

Escribir o caminar sobre el agua. De niño yo tenía muy clara la imagen de ese milagro: caminar sobre el agua. Todo es milagro para el niño que vuela en una alfombra de Persia. Lo intentaba en la alberca y caía hasta el fondo. Tal vez el fondo me llamaba, tal vez no había lugar para mí en la superficie –ni en el milagro. Yo intentaba. De pronto, una sola vez, durante un solo instante… y sin testigos. Tampoco hubo las voces llamándome en la barca. En el fondo sí. En el fondo mi madre, antes de morir, cantaba.

*

Lo que mi madre cantaba no se puede decir. No era un decir, era un oír. Su voz venía del fondo y me devolvía a la superficie, mostraba un camino hacia la respiración. Entre dos aguas, lejos del fondo y lejos todavía de la superficie, a la deriva. Más allá del agua yo me hundía en su voz para respirar de nuevo. Ahora creo saber que el milagro es otro: no un paso sobre el agua, sino el paso entre las aguas. Y como aquello que mi madre cantaba no se puede decir, escribo.

Jorge Esquinca (1957)
Caja negra con inscripciones
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

En la Mezquita Azul (22-II-2018)

 

Vuela una paloma en la sala de oración
–         surca el océano azul de la mezquita

Silenciosa va
–         del mihrab a los pilares
–         de los pilares a las cúpulas
–         de las cúpulas a la logia
entre azulejos de Iznik

Luego inicia la ascensión

Flota hacia la cúpula mayor
Entrega su mensaje

Nada rasga este silencio
Sólo un batir de alas roza su misterio

El ave suspendida se funde con la luz

Todo es luz
Entra ya en la eternidad

Jorge Ruiz Dueñas (1946)
Diván de Estambul, Poemas de tres voces
Ediciones Papeles Privados, México, 2015