Mediterráneo (17-I-2018)

 

Dulces, tristísimas aqueas
desnúdense ante mí,
les ruego.
El mundo es gris cuando se mira desde el trono,
la soledad es hueca como los pilares del palacio;
a lo largo y ancho de mi reino
los hombres se atrincheran
tras las barricadas de la noche
y sus lágrimas secretas descienden al Egeo
Divinas aqueas,
hubo una vez una mujer de labios finos
que me llevaba por paisajes rubios.
Su mirada se elevaba sobre el círculo de fosas,
Sus manos gobernaban las cúpulas del sueño.
Tristísimas aqueas,
blanca espuma del Mediterráneo.
Cubran mi cuerpo con su oleaje,
ayúdenme a olvidar su piel, sus ojos claros;
recibirán por sus favores
un imperio.

Eduardo Saravia

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