De “Un Nacimiento de luz” (25-XII-2017)

[…] Puesto el Nacimiento, Pellicer se sometía a la disciplina de estar personalmente disponible de seis a nueve de la noche (más o menos) todos los días. Se tocaba el timbre de la casa de Sierra Nevada 779. Abría la vieja ama de llaves y pasaba a los visitantes a un recibidor junto a la escalera, por donde bajaba, nunca de inmediato, con esa mezcla suya de cordialidad bromista, de humildad y teatralidad. Conversaba, recibía los regalos, de haberlos, y seguía manteniendo la expectación. Por fin, abría la puerta a la cochera que nunca usó como tal. Todo el espacio, fuera de un pasillo al frente para los visitantes, estaba ocupado por una especie de escenario que, a través de una bóveda que representaba el cielo, cerraba al fondo con un horizonte curvo, espectacular. La inmensidad del espacio se acentuaba con diversos recursos de perspectiva: la alineación, el tamaño de las figuras, los colores, el tema de las “escenas” próximas y remotas. No había un árbol típico de Navidad. El conjunto recordaba más bien un gran paisaje del Valle de México pintado por Velasco. Y, como en los cuadros de Velasco, la luz era el personaje central. No el Niño, ni el portal que, sin embargo, estaban perfectamente puestos. La luz, la Luz del Mundo era el verdadero Niño presentado a la adoración. La adoración se producía. El silencio irrumpía entre los comentarios, las exclamaciones, las preguntas, hasta imponerse por completo. Entonces, cuando la visita parecía terminar, empezaba la parte culminante. Pellicer desaparecía tras una cortina lateral (nueva expectación) y ponía música. Empezaba a atardecer en el escenario, tan lentamente que los visitantes de primera vez tardaban en descubrirlo. El silencio era absoluto. Se producía una reverencia espontánea ante la inmensidad y misterio de la Tierra, vista de muy lejos, perdiéndose en la sombra, como si el espectador se hubiera desprendido, se hubiera vuelto música entre los ángeles, como si hubiera muerto y se despidiera con nostalgia. Luego venía la noche total. La bóveda estrellada daba frío. Y entonces, como una compañía inesperada, empezaba a oírse la voz, profunda y cálida al mismo tiempo, de Pellicer. Palabras conmovedoramente fraternales, que no rehúyen la inocencia, ni el balbuceo. Palabras franciscanas de comunión con todos en una naturaleza abierta al más allá misterioso. Del sol hundido de la soledad, empezaba a brotar el nuevo sol de la alegría. La luz encarnaba, se iba volviendo Niño. La Tierra volvía a ser acogedora y habitable.

Gabriel Zaid

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