La Tertulia (31-XII-2017)

 

La otra noche fui de fiesta en cas’e Julia,
se encontraba ya reunida la familia:
Mari Pepa, Felicitas, Luz y Otilia
y Camila, que alegraba la tertulia.
Mientras Lupe daba al niño su mamila
doña Cleta pidió una botella a Celia,
nos formó a los de confianza dos en fila
y brindamos con charanda de Morelia.
Después Amalia puso la vitrola
y le tupimos a la danza, ahí hechos bola;
había un cadete que celaba a Chelo,
mas la canija con Gaspar se daba vuelo.
Después nos dieron sangüichitos de jalea,
a unos ponche y a los tristes Coca-cola;
como la gata pa servir ni se menea
yo me llevé hasta la cocina mi charola.
Ahí me encontré con los amiguitos de Ofelia
que de contrabando habían pasado su tequila,
nos aventamos unas copas tras la pila
y por poquito ya mero nos cae Amelia.
Luego pidieron que cantara Lola
y soportamos “Ya te doy la despedida”;
después tía Cleta tocó la pianola
pa que no hablara le dimos buena aplaudida.
Yo me hice fuerte y les canté “La carta a Ufemia”.
Que me echo un gallo y un changuito me vacila,
que me le arranco, pero me detuvo Ugenia,
si no en el limbo ya estuviera haciendo fila.
Pero ya estaba digerida la jalea,
pos la mujer del general me hacía la bola,
fue con el chisme la metiche de Carola
y vino el viejo y que comienza la pelea.
Se armó el relajo, sacó su pistola,
yo, precavido, me escondí tras la pianola.
Vino la julia, pues la llamó la Lola
y pa la cárcel nos llevaron hechos bola.

Salvador Flores

Romance de Florinda (30-XII-2017)

 

En la ribera del río
tiene Florinda su casa.
Quince mayos y una vieja
su soledad acompañan.
Si a su tiempo lo supiera,
otra historia les cantara,
yo me la hubiera llevado
a la buena o a la mala.
Campesina tempranera,
con su cántaro de grana,
por la vena del camino
la ve llegar el Grijalva.
Y cautivado por ella
en un remanso se para,
con la ilusión de llevarse
un retrato de su cara.
Pero Florinda no cuida
de mirarse retratada;
sólo mira un pececillo,
como una sombra en el agua.
Pececillo que la espera
en el remanso que canta
y que retiene, por verla,
el imán de la esperanza.
Una mañana el galán,
por descuido o por hazaña,
en el cántaro se entró
como si fuera su casa.
Y la niña lo cogió;
acarició sus escamas
y lo puso nuevamente
en su líquida morada.
En los días que siguieron
repitióse la jugada
y Florinda se reía
con su boquita perlada.
Una vez el pececillo
mordió su dedo de nácar
y al sacarlo vivamente
brilló un anillo de plata.
Y así fue como Florinda
con un pez se desposara
para vivir en un cuento
de la vieja Agüela Juana.
El Grijalva la vistió
con sus espumas más blancas
y con oro de su arena
le fabricó las sandalias.
Altos amates tendieron
sobre su dicha las ramas
y en el fondo de la poza
una estrella fue su lámpara.
Y nadie supo jamás
qué pasó con la muchacha;
unos dicen que se ahogó;
otros que no saben nada.
Pero en el tibio silencio
de las noches estrelladas,
las mozas que van al río
ven dos sombras enlazadas.
Y el corazón se les vuelve
un cantarito de grana
que se les llena de besos
con el murmullo del agua.

José María Gurría Urgell

(29-XII-2017)

Antes que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y es uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
ulterior que sucede a la agonía.

Jorge Luis Borges

Nombres (28-XII-2017)

El planeta debió llamarse Mar
Es más agua que Tierra

José Emilio Paccheco

Elegía

A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar.

José Gorostiza

El sabor del mar

El sabor del mar
es un sabor que me pone a cantar.

Carlos Pellicer

Déjala dormir, cantar…

Déjala dormir, cantar,
que en el cristal de la luna
sus sueños hallaron una
senda que la lleva al mar.
Acalla tu suspirar,
corazón; tú, noche bruna,
de sus brazos en la cuna
descansa, sin terminar.
Es su sueño rumbo al mar
pastor de rayos de luna.

Rubén Bonifaz Nuño

Un agua gris… (27-XII-2017)

Un agua gris junto a una playa
amarilla…
Chicos desnudos color sepia
retostados por la canícula…
Rumor cercano de la urbe
plana, monótona y tendida…
Grupo displicente que sigue
las piruetas de los bañistas…
         En el horizonte del agua,
ni una isla…
En el de la tierra,
ni un monte que rompa la línea…
         ¡Y un ansia de mar con escollos
que dé estruendos a la bahía,
y de sierras escalonadas
como gigantes bambalinas!…

Rubén Bonifaz Nuño

Seis villancicos (26-XII-2017)

1
¡Que vengo cansado
de buscar al Niño
y no lo he encontrado!…
         ¡Que un ángel me guíe
adonde Él está.
Mis ojos lo vean,
que es la Navidad!

2
Que se enciendan de naranjas
los naranjales en flor:
¡Que al mundo vino un amor!
         En la ramita más alta,
cante el pájaro cantor:
¡Que al mundo vino un amor!
         Y los prados, que se vistan
con su manto de verdor:
¡Que al mundo vino un amor!

3
El jardinerito, madre,
cortando está en el jardín
rosas de invierno, que cuida,
mejores que las de abril.
         –¿Para quién son esas rosas,
para quién las cortas, di?
–Para un Niño que ha venido
al mundo como un jazmín. 

4
–¿Qué lleva el borriquillo
en sus albardas?
–Avellanas y nueces,
queso de cabra.
         Porque va a Belén lleva
paso ligero:
quiere que su regalo
sea el primero.

5
Una sirenita escoge
y guarda en redes de algas,
las más finas caracolas
por la arena de las playas.
         –¿Para quién buscas, sirena,
estas joyas de la mar?
–Para que el Niño con ellas
pueda contento jugar.

6
¡Luces de colores
para ir a Belén,
y ramos de flores,
música también!
         Que un Niño ha nacido
de tan blanca piel,
que dicen que es nardo,
o blanco clavel.
         ¡Vámonos aprisa,
que lo quiero ver!

Concha Méndez

De “Un Nacimiento de luz” (25-XII-2017)

[…] Puesto el Nacimiento, Pellicer se sometía a la disciplina de estar personalmente disponible de seis a nueve de la noche (más o menos) todos los días. Se tocaba el timbre de la casa de Sierra Nevada 779. Abría la vieja ama de llaves y pasaba a los visitantes a un recibidor junto a la escalera, por donde bajaba, nunca de inmediato, con esa mezcla suya de cordialidad bromista, de humildad y teatralidad. Conversaba, recibía los regalos, de haberlos, y seguía manteniendo la expectación. Por fin, abría la puerta a la cochera que nunca usó como tal. Todo el espacio, fuera de un pasillo al frente para los visitantes, estaba ocupado por una especie de escenario que, a través de una bóveda que representaba el cielo, cerraba al fondo con un horizonte curvo, espectacular. La inmensidad del espacio se acentuaba con diversos recursos de perspectiva: la alineación, el tamaño de las figuras, los colores, el tema de las “escenas” próximas y remotas. No había un árbol típico de Navidad. El conjunto recordaba más bien un gran paisaje del Valle de México pintado por Velasco. Y, como en los cuadros de Velasco, la luz era el personaje central. No el Niño, ni el portal que, sin embargo, estaban perfectamente puestos. La luz, la Luz del Mundo era el verdadero Niño presentado a la adoración. La adoración se producía. El silencio irrumpía entre los comentarios, las exclamaciones, las preguntas, hasta imponerse por completo. Entonces, cuando la visita parecía terminar, empezaba la parte culminante. Pellicer desaparecía tras una cortina lateral (nueva expectación) y ponía música. Empezaba a atardecer en el escenario, tan lentamente que los visitantes de primera vez tardaban en descubrirlo. El silencio era absoluto. Se producía una reverencia espontánea ante la inmensidad y misterio de la Tierra, vista de muy lejos, perdiéndose en la sombra, como si el espectador se hubiera desprendido, se hubiera vuelto música entre los ángeles, como si hubiera muerto y se despidiera con nostalgia. Luego venía la noche total. La bóveda estrellada daba frío. Y entonces, como una compañía inesperada, empezaba a oírse la voz, profunda y cálida al mismo tiempo, de Pellicer. Palabras conmovedoramente fraternales, que no rehúyen la inocencia, ni el balbuceo. Palabras franciscanas de comunión con todos en una naturaleza abierta al más allá misterioso. Del sol hundido de la soledad, empezaba a brotar el nuevo sol de la alegría. La luz encarnaba, se iba volviendo Niño. La Tierra volvía a ser acogedora y habitable.

Gabriel Zaid