Poética (17-XI-2017)

Esta forma, la más bella que los vicios, me hiere y escapa por el techo. Nunca lo hubiera sospechado de una forma que se llama María. Y es que no pensé en que jamás tomaba el ascensor, temía las escaleras como grave cardiaca, y, sin embargo, subía a menudo hasta mi cuarto.
         Nos conocimos en el jardín de una postal. A mí, bigotes de miel y mejillas comestibles, los chicos del pueblo me encargaban sustituirlos con la memoria de sus novias. Y llegué a ella paloma para ella de un mensaje que cantaba: “Siempre estarás oliendo en mí.”
         Esta forma no les creía. Me prestaba sus orejas para que oyera el mar en un caracol, o su torso para que tocara la guitarra. Abría su mano como un abanico y todos los termómetros bajaban al cero. Para reírse de mí me dio a morder su seno, y el cristal me cortó la boca. Siempre andaba desnuda, pues las telas se hacían aire sobre su cuerpo, y tenía esa grupa exagerada de los desnudos de Kisling, sólo corregida su voluptuosidad por llamarse María.
         A veces la mataba y sólo me reprochaba mi gusto por la vida. “¡Qué insuculento tu realismo, hijo!” –Pero no la creáis, no era mi madre. Y hoy que quise enseñarle la retórica, me hirió en el rostro y huyó por el techo.

Gilberto Owen

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