De “Nostalgia de la tierra” (11-XI-2017)

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Era la madrugada lo que pescaba desde el muelle
sobre la misteriosa sombra de la mantarraya;
era el cigarrillo de mi padre
una brasa clavada en la oscuridad:
el océano se enganchaba a mis anzuelos,
las islas venían hacia nosotros,
la marea chapoteaba bajo los pilotes.
Ciegos los jureles arponeaban su instinto
y de mis manos escapaban y se escurrían por las ranuras.
Eran tiempos de pejerreyes y albacoras.
La sorpresa volvía con el tañer de las campanas viejas
y las siluetas eran adivinanzas en los puentes,
plomadas hundidas en el fondo del silencio.
Las aguas hervían con los giros de las anchovetas
y con la brisa venía también el buen consejo.
Eran tiempos de mar,
de sueños, de espectros que volaban en nubes de fósforo,
de pulpos y cangrejos descuartizados,
de dagas oxidadas y sortilegios flotantes.
Eran los presagios de las magas,
las sandías rojas y abiertas en el agua marina,
la lenta agonía de los actores viejos en las tabernas,
la compartida ilusión de los bailes al anochecer.
Eran los veranos que reventaban de pronto sobre nuestras cabezas,
y el vino espeso que secaba entre los labios.
En los brazos abiertos crecían los emparrados
y progresaban mis deseos entre los girasoles y el polvo,
en las esquinas aguardábamos como los encinos al tiempo,
en los granos de arena el oro corría licuado por la tarde.

Jorge Ruiz Dueñas

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