Padecen nuestras escuelas… (12-X-2017)

Padecen nuestras escuelas una sensible penuria de estudios literarios que ciertamente responde a un enrarecimiento general del ambiente y suele tener como fórmula esta expresión –no en modo de pregunta, sino de afirmación peyorativa–: para qué sirve la literatura. En los planes de estudio predominan las disciplinas aplicadas, de interés inmediato; hasta el idioma se imparte con finalidades comerciales; las ciencias del espíritu, las actividades rigurosamente culturales, han venido siendo desplazadas por las ciencias naturales, por las actividades de aprovechamiento mercantil; se ignora o se aparenta ignorar, que la técnica, las artes útiles, las ciencias experimentales, requieren una maciza fundamentación teorética, y que las desdeñadas disciplinas han de ser el punto de partida que asegure éxito en el aprovechamiento de los conocimientos empíricos.
         ¿Para qué sirve la literatura a una época hedonista y a gentes poseídas por febril utilitarismo? Esta vez sí en modo de problema, repitamos la pregunta e intentemos contestarla.
         Desde luego surgen tres motivos que fijan la importancia de la literatura en la economía de la educación y precisan el objetivo y métodos de esta disciplina en el concierto de los planes de estudio. Tales motivos son: la influencia educativa sobre la sensibilidad; la ampliación y afinamiento de la conciencia histórica; la exactitud, variedad y riqueza del idioma, como instrumento de expresión.
[…]
         Resta insistir en que una clase de literatura debe, sobre todo, interesar a los alumnos y llevarlos al completo conocimiento de las obras. Discurrir teóricamente, apelando de cuando en vez a ejemplos aislados, mutilados, informes, valdría tanto como hablar de música sin oír las obras relativas a la charla. Por esto, en todo buen curso de literatura deberá exigirse que los alumnos lean un mínimum de obras completas; formen su juicio, independientemente de ajena estimación y luego lo comparen con la opinión de críticos autorizados a fin de llegar a la depuración del gusto personal.
         Entendida la literatura como una disciplina viva, amena, indispensable fundamentalmente para la integración de la cultura, podremos salvar la decadencia de su estudio, decadencia que ha venido a ser, en nuestra realidad educativa, un círculo vicioso: no se estudia literatura porque no hay interés por ella, y no hay interés, porque no se estudia. Los círculos viciosos han de cortarse como los nudos gordianos: por cualquier parte. De otro modo, en el caso de este problema educativo, México seguirá remitiéndose y acentuando la tosquedad, grosería e ineptitud desde los altos planos de las cosas del espíritu, hasta la esfera del trato social, producto del descuido sufrido en la educación de la sensibilidad.

Agustín Yáñez

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