Hospital (29-IX-2017)

Los dementes flotan en sábanas de sopor,
los sostiene un espejo rancio
debajo de la cama.
Por este pasillo andan enfermeras
y serpientes que se arrastran con dolores sonoros.
El grito no cabe en el armario
ni en cuartos cerrados ni en hospitales;
los muros tienen manchas
de miradas tercas y lejanas;
hay ojos que ven reses que vibran y paisajes nevados,
gentes ahorcadas en las esquinas,
nidos de alacranes en el techo.
La cabecera tiene pelambres encerrados en el metal
porque los muertos
heredan la fiebre a los colchones
y viene un sudor que ningún jabón limpia.
         Los desquiciados comen panes desteñidos,
aguacates rellenos de talco,
verduras hervidas hasta ser
el vapor solo
que moja la frente alucinante.
Nadie besa estos labios disecados,
cayéndose en bloques como arena.
Los locos pasan el día y la noche
en gajos de luz imaginada,
en lámparas ciegas igual que túneles
donde no hay reposo,
donde el grifo eterno
suelta gotas como lágrimas.

María Cruz

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