Señor: he sido el hombre… (1°-VIII-2017)

Señor: he sido el hombre que he podido
ser, y sin falsedad ni fingimiento.
¿Anduve bien? Por mi arrebatamiento
enajenado, he sido lo que he sido.
         Desconozco si tuvo o no sentido
mi modo de sentir. Hoy ya no siento
aquel gozo de ser –el ardimiento
de la sangre, ni apenas su latido.
         Mucho temo que yo, como traído
y llevado en sus rachas por el viento,
no haya podido ser lo que he querido
         ser. Y es posible que en mi acabamiento
se extinga el hombre que no fui, el que ha sido
un intento de ser, sólo un intento…

Juan José Domenchina

Todo se acaba (31-VII-2017)

El corazón
es una estrella
que se esfuma
entre
nubes de violetas.

Recordatorio a mi corazón

Despierta
corazón dormido
que puedes astillarte
o estallar
hoy o mañana.

Otro recordatorio

Late mi corazón,
late y repite:
vive, vive, vive.

Antonio Castañeda

Silencio cerca de una piedra antigua (30-VII-2017)

Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras
como una cesta de fruta verde, intactas.
         Los fragmentos
de mil dioses antiguos derribados
se buscan por mi sangre, se aprisionan, queriendo
recomponer su estatua.
De las bocas destruidas
quiere subir hasta mi boca un canto,
un olor de resinas quemadas, algún gesto
de misteriosa roca trabajada.
Pero soy el olvido, la traición,
el caracol que no guardó del mar
ni el eco de la más pequeña ola.
Y no miro los templos sumergidos;
sólo miro los árboles que encima de las ruinas
mueven su vasta sombra, muerden con dientes ácidos
el viento cuando pasa.
Y los signos se cierran bajo mis ojos como
la flor bajo los dedos torpísimos de un ciego.
Pero yo sé: detrás
de mi cuerpo otro cuerpo se agazapa,
y alrededor de mí muchas respiraciones
cruzan furtivamente
como los animales nocturnos en la selva.
Yo sé, en algún lugar,
lo mismo
que en el desierto el cactus,
un constelado corazón de espinas
está aguardando un hombre como el cactus la lluvia.
Pero yo no conozco más que ciertas palabras
en el idioma o lápida
bajo el que sepultaron vivo a mi antepasado.

Rosario Castellanos

En el centro del año (29-VII-2017)

El Sol es nuevo cada día.
Heráclito

Hoy he tocado tu corazón, sombra desnuda
o vorágine o sola nota de dolor obstinado.
Hoy he tocado tu corazón en las yemas
de los dedos y he oído el mismo agudo acento
que llevó a los amantes al amor
desgarrado y a los pactos suicidas.
         El año está en su centro y se desploma
lo mismo el sol ya derretido que el agua
musical y clara. Detrás del sol yo veo
una armonía destruida por las sombras tercas.
Nada nuevo se yergue bajo él: Cleopatra
mordida por el áspid o la muchacha 
que después de abortar se ahorca con su media,
rayo, avión o nube combatida. ¿Todo es igual,
desde hace siglos? ¿Ballesta o bala trazadora,
tú o Casandra, la de nombre arrasado? Lo húmedo
se seca, asciende y se contrae. Lo seco
se humedece, avanza y retrocede. La arcilla
se hace águila; el buey lame el salitre
con su lengua de trapo. Pero todo es distinto.
El amor de Alejandro no es el mío y tus labios,
con ser labios como los labios de cualquier
mujer, son solamente, indescriptiblemente 
tuyos. Todo es nuevo bajo este sol, agua,
deleite o muerte compartidas.
¿Para qué atormentarnos y roer
nuestros sueños como si fueran fósiles
por arena y cristal conservados? Me levanto
y deliro. El Sol, el mismo Sol entonces
es nuevo cada día, su violencia se altera
de minuto en minuto. La alegría de tu rostro
sube ya, vegetal, desde la sábana
y recobra en los ojos la luz de la ventana
(aquella luz, empero, corroída por distintos
cristales). Hoy he tocado tu corazón en las fronteras
de tus ojos y lo he oído latir tranquilamente, 
con la mansedumbre del agua que bulle dormida.
Tu cabello negro, que absorbe la luz a borbotones,
me arrastra a donde el mes de agosto
se dilata. Somos remeros sordos en las aguas
contrarias: tu barca va en mi sangre,
mi remo ya perfora tus nostalgias profundas.

Jaime Labastida

Árbol de tinta (28-VII-2017)

Un hombre busca toda su vida un lugar al que llamar su casa, y una sonrisa a prueba de culpas.
         Breve en el aire y bajo las estrellas, son mis deseos lo que me salva y me condena.
         Mi árbol de tinta, su forma de irrumpir en la luz, de hollar el silencio. Su verde palabra, alzándose como un dedo con fiebre acusando al cielo.
         Árbol de tinta, cuerno del baldío, nube enraizada, grito desatado. Las estrellas son las hojas de esta estación adversa, tiemblan como peces rabiosos atrapados en su red.
         Bailo alrededor de mi árbol, invoco lluvias y mejores vientos. Ni paz ni guerra, ni Dios ni Diablo, soy otra cosa, algo como un obstinado jardinero de piedras.
         Árbol de tinta, soy tu rama y tu raíz, tu fruto y tu gusano.

John Jairo Junieles

Más ropa en tendedero (27-VII-2017)

La ropa suspendida,
vestigio arqueológico del cuerpo,
sístole, espina, caricia o envoltura,
fachada protectora, piedra en movimiento,
cornisa de alas, fugaz tinte de horas, minutos
o segundos;
pasos dados en el aire, ojos-flor,
pelaje de tigrillo,
hendidura, torso fisurado.         
         A veces tiene venas,
a veces un color parejo,
certero como espada.
         Es volátil,
y se ata por los hombros
a las cosas de la tierra,
en la cuerda floja…

Lirio Garduño-Buono

Algunos deseos (26-VII-2017)

Que vuelvas a ver la enorme catedral
y la erizada capilla
y sientas el paso distante, los rumores
de los cruzados y de San Luis.
         Que vuelvas a la calle Monsieur le Prince
para asomarte a los escaparates
y, luego, en la calle Vavin,
a los inventos de los herboristas
y su lento prodigio –la invisibilidad de los olores.
         Que vuelvas a recoger el brillo
de una escritura anhelada
en las tardes coyoacanenses.
         Que abraces los árboles
y bebas el agua dulce
junto al amargo mar resplandeciente.
         Que te inclines una vez más y siempre
sobre mi rostro
y que yo abra los ojos para verte.

David Huerta