De La flama en el espejo (12-VI-2017)

Z

En el núcleo de la rosa múltiple
nació el sol, y se leyó su nombre.
         Incendio que progresa en círculos
de salvación, vuelve profunda
la mirada nueva que la mira
para poderla amar; amándola, 
a la sola plenitud abrirse
del santo reino de la gracia.
         ¿Soy alguien yo?, te preguntabas
dentro de lo oscuro, en el silencio
anterior a la palabra oculta;
te interrogabas, alma mía.
         Y alzó los brazos blancos, y arde
entre sus manos la gloriosa
lámpara, la estrella de seis vértices
de equilátera flama. Y baja
por el camino de sus brazos
la concordia de la luz lloviendo.
         Concha que recoge los misterios
del agua bautismal, sapiente
don de la paz y la abundancia;
templo viviente en que se unen
el venero oculto y la infalible
salida al mar feliz y cierto.
         Y su pensamiento se concierta
con la causa sin causa.
                                    Y ríe,
y su risa lava la mañana
de su corazón. Mira hacia arriba
desde la mañana, o van sus ojos
descendiendo por nocturna falda,
y con luz no prestada guían
lo que va subiendo de la noche.
         No estabas muerta, mas dormías;
escondida estabas; como en sueños
te estirabas, alma, preguntando.
         Y en todas sus partes la belleza
desviste la luz manifestada,
y fuerza a los ojos da, y sostienen
su sonrisa los ojos; pueden
ver el pleno fulgor: sustancia
de la vida esperada; signo
de lo que –no visible– salva.
         Y eras parte del orden suyo,
de la majestad benigna donde,
mi alma, por fin te reconoces.

Rubén Bonifaz Nuño

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