Domingo (16-IV-2017)


Tú andas el domingo por la noche a pie
con el agua del ansia entre los dedos, rasca y rasca.
         Y al revés, al monte te fugas, tordo,
te hablas a ti de ti cascando el tiempo
hecho canica para el hueso.
         Lo que apenas sospechas dura el día hasta la noche.
         Raspa el asfalto suelas roncas, toca,
la suma del traslado,
y el peso de las horas te refuerza cada minuto con ti.
         Son los imanes,
las sombras donde lude el ojo su ventura.
         Puesta allá
–llama seca la conciencia–, gira o tuerce
la calle con sus puertas, ventanas melográficas.
No de otro modo para ti hoy,
que a casa te devuelves –así digámoslo–,
con el desasosiego hecho agua entre los dedos.
         Haber tenido fe, cristiana espera,
no te hace hallar adentro lo faltado, izándose
acá –ingle o celda–,
como un corto aleteo de mariposa, la esfinge
de tus sueños
te interroga la admiración al mar,
la tristeza que expresas por los ojos
y la voz que te llevas a los labios.
         A un lado de este instante,
vas atado a tus costumbres.
A veces arranca el aire otras palabras, va, huele
la rama y sus adioses –sueña sus nubes.
         Sí. La historia refiere. Hace guiños. Bizcos.
Lava sus dedos en la sangre
–sepulta a sus bisnietos.
Destila olvido y humo e hila al cuerpo los instantes–,
cocinera.
         Entretanto,
al borde
–brillo de aspa–,
Mora te espera; niño,
sacia tu hambre de hombre, anda
y narra en su desnudo
sus nupcias con ti, ser hecho de mí mismo.

Josué Ramírez

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