Morir, a veces (28-IV-2017)

A veces me da gusto, así, morir:
boca arriba, flotando en una barca
de sábanas tan limpias que se escapan
del tiempo, como yo cuando me muero.
Las nubes se transforman. Son los libros
que me acompañan río abajo, páginas
abiertas que se leen en verso blanco,
casi igual que éstos, pero son mejores
aquellos días que escribimos en el cielo.
          Morir, a veces me da gusto así:
sin darme cuenta, poco a poco, lento,
como anochece el alma, como muere
el día entre los últimos capítulos
de una novela que habitamos todos.
          Así –sin aspavientos, con los ojos
hacia atrás y sintiendo todo el peso
de la tierra en mis huesos que también
son forma que sostiene, que son versos
blancos que ritmo y gracia dan al cuerpo–
me da gusto morir, a veces, mas
no siempre, sino a veces, sin pensarlo…

Sandro Cohen

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Nocturna (27-abr-2017)

Contra la idea
inscrita en mármol, 
contra las superficies
y su rapidez,
tengo los sueños.
          Cada noche espero
el momento de hundirme
en su papel en blanco,
manuscrito de sombras
vivas esperándome.
          Cada noche
cumplen la promesa
de volverme nadie
por unas horas;
          cada mañana soy sólo
uno de sus ahogados
en la playa del amanecer.

Blanca Luz Pulido

Poema del poema (26-IV-2017)

El poema
no sabe
ni sospecha 
la frente
en que caerá
después de muerto.
La vida 
es un responso
a flor
cerrada.
        Un verso
clavado
en la espesura
es señal de
presa ambigua.
No hay figura 
que entrañe.
El poema
mira
por todos
lados
con sus
ojos de mosca
y no caben
en sí
sus visiones.
Estoy de él
cubierto
por su saliva
y tatuado
por todos
sus versos.
Así me miran
los que leen.
        Cuando
su cuerpo
se llena
de versos
como agujas
de erizo,
pican la lengua
al memorioso.
En los libros
manchan
las páginas 
junto a las flores
marchitas
que indican
las caídas 
fatales.
La espera
de los versos
es picata menuda
servida en plato
plano
pero enriquecedor.
        En lugar
del papel
prefiero guardar
mi poema
en el bolsillo,
entre mis monedas
baratas.
Pagar con él
a la puerta
del infierno
para no
pasar.
        Mi poema
está escrito
en la palma
de mis orejas
montadas
con rimas
en M.
        Oigo
trinar
unos versos.
Los percibo
solos
haciendo lo suyo
verbal: cantar
para sobrevivir.

Raúl Renan

Desintegración  (25-IV-2017)

“Entre irse y quedarse”
O. Paz

Lenta, sigilosamente se desintegra.
Cuatro años lo he observado
en duermevela
diluirse dentro de sus huesos.
          Parvada de pájaros
catarata negra,
su pensamiento
antes veloz y galopante,
hoy sólo voces confusas
entre gemidos.
No hay salida, no hay puertas.
Contemplas desde la otra orilla
cómo crece la niebla,
cómo la marea se levanta
sin alcanzar la altura de la luz
donde beben los gorriones.
          En este cuarto,
capilla de santos sonámbulos
y cuentas de rosario,
el aire pesa,
siempre es invierno,
la muerte acecha
en cada rincón
horadando las horas y la ira.

Luisa Govela

Para que la poesía se lea más

¿Por qué la poesía se lee tan poco?, preguntó la maestra Paola Araiza, cuando el diálogo entre el público y los presentadores se había animado tanto que terminó por ser la parte más rica del acto. Era el 21 de marzo de 2017. Nos hallábamos en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, en México, con su director, Héctor Orestes Aguilar. Arcelia Lara Covarrubias, Guillermo Coussen, Guillermo Vega Zaragoza y yo presentamos el libro Umbral de los relámpagos. Obra literaria de Benjamín Barajas. Su autor, Alejandro García, fue el moderador y nos contó la historia del libro. Barajas participó en la discusión. Llegamos a la conclusión de que debíamos ocuparnos de que se lea más poesía. Ésta es una razón. Hay otra.

        Hace poco más de medio siglo que doy clases. Comencé en una preparatoria, el Centro Universitario México. Luego, en la UNAM, y en la Ibero de Torreón, he sido maestro de literatura, de producción editorial, de historia y de historia del arte. En la UV, varios planteles del Tec de Monterrey, El Colegio de Sinaloa, la UNAM y la SOGEM, y en casas de la cultura de todo el país he dado talleres de formación de lectores y de escritura creativa. En la actualidad tengo tres: uno en el Centro de Enseñanza para Extranjeros, de la UNAM, y dos en la SOGEM. Siempre, en todos estos lugares, y en incontables conferencias dentro y fuera del país, y en media docena de libros sobre estos asuntos, y en unas treinta antologías, he hecho cuanto he podido para enamorar de la poesía a mis alumnos –no importa de qué- y a mis lectores.

        ¿Por qué es importante que todos –no importa cuál sea nuestro oficio- leamos poesía? Entre los usos del lenguaje no hay ninguno más alto que la poesía. En ninguna otra forma de decir ni de escribir están las palabras más cargadas de sentido ni de significado que en la poesía. Quien puede leer poesía esforzándose por entenderla –de otro modo no hay lectura, sino su simulación-, puede leer todo lo demás. Los poetas nos enseñan a decir lo que sentimos; nos revelan aspectos de la realidad en los que no habíamos reparado; nos ayudan a conocernos y a conocer al otro.

        Leer poesía es una de las formas de la felicidad. Quienes no leen poesía no pueden sentir ni comprender esto, así como quien nunca se ha enamorado no puede imaginar lo que eso significa; cómo se siente y se vive eso. La lectura, como estar enamorado, es una experiencia, algo que se vive. 

        ¿Cómo se interesa a otros en la poesía? ¿Cómo se contagia el gusto por leerla? La manera más eficaz es la lectura en voz alta. Hagan la prueba de leer en voz alta para ustedes mismos, cuando estén solos. Escúchense. Y lean para los demás los poemas o los versos que más les gusten. Déjense llevar por el sentimiento. Lean en compañía de otros. Hablen de lo que leen. Guarden en su memoria esos versos y esos poemas que más los han tocado. Háganlos parte suya. Llévenlos por donde vayan. Serán una forma de compañía y de consuelo que los acompañará toda la vida.

        Cuando salí de aquella presentación del libro de Alejandro García me bailaban en la cabeza estas ideas. Y de ellas nació “Un poema al día”. Un poema es una dosis accesible, una invitación que puede atenderse, y las nuevas tecnologías hacen posible ponerlo en manos de los amigos día a día, por lejos que estén.

        El primer envío fue “Los poemas”, de Víctor Sandoval; con el WhatsApp lo puse en manos de casi doscientos amigos el 24 de marzo, tres días después de la discusión que provocó el libro de Alejandro García. A partir de entonces lo he seguido haciendo sin interrupción. Los publico también en mi muro de Facebook, donde tengo cinco mil contactos que, estoy seguro, no lo visitan cada día. Pero me consta que son muchos quienes los reciben, y que muchos de ellos los reenvían a no tengo idea cuánta gente más que, espero, muchas veces hará eso mismo. De eso se trata, de que nos ayudemos unos a otros para que se lea más poesía. Hay poemas de los poetas mayores y otros de autores que apenas son conocidos. Hay poemas de amigos muy queridos y otros de gente que nunca he visto. Todos me gustan; todos merecen más lectores. 

FG

Cinco muchachas del barrio (23-IV-17)

La foto es colorida
Las muchachas del barrio sonríen
a quien solicitó una palabra simultánea
y oprimió el obturador.
          La foto es anterior al terremoto de 1985,
anterior a la pérdida,
anterior al deterioro de los tiempos.
          Sólo cuatro de las cinco chicas sonríen.
Tal vez una de ellas no atendió la señal
o miraba hacia un recuerdo muy lejano.
          ¿Por qué tengo esta foto de las cinco muchachas?
          Al imprimir el instante de la luz en el papel sensible
nadie sabe cuál de ellas morirá unas semanas más tarde
en una curva traicionera
junto al muchacho que apenas aprende a dirigir
y sustrae el automóvil del padre adormilado.
          ¿Quién de ellas casará con el joven heredero
que no llegó a la fiesta de esa noche?
          ¿Cuál de ellas vivirá en el extranjero
con un hombre que la golpea y le enseña
a inhalar un polvo de entusiasmo fugaz?
          ¿Y cuál es la que busca a una hija extraviada en la frontera?
–Si creemos que lo único que ha perdido es la juventud
estamos equivocados–.
          La muchacha que en la foto no sonreía
es la única que está sonriendo ahora.

Eduardo Langagne