Reía como quien todo lo sabe (21-VII-2017)

Reía como quien todo lo sabe.
Vivía como una flor.
Su corazón era un delgado polen.
Dios era un colibrí y lo visitaba.
Por las noches se arrullaba
    con el crepitar de las estrellas.
Y era como un manojo de cardos
estallando blandamente en la honda
llama azul del blando viento,
como un manojo de crisálidas crujiendo
lentamente hasta quedar vacías.
Era un alma de Dios, era San Juan.

Ricardo Yáñez

Reunión (20-VII-2017)

Érase un bosque de palabras,
una emboscada lluvia de palabras,
una vociferante o tácita
convención de palabras,
un musgo delicioso susurrante,
un estrépito tenue,
un oral arco iris de posibles
oh, leves leves disidencias leves,
érase el pro y el contra,
el sí y el no,
multiplicados árboles
con voz en cada una de las hojas.
         Ya nunca más, diríase,
el silencio.

Ida Vitale

Marea interior (19-VII-2017)

I
Sentí la carne rebelándose
en mis brazos,
erizada la piel.
Después llegó la sensación del mar
sofocado en la garganta.
La marea interior que todo lo devasta.

II
La noche canta con su voz de hiedra,
dormimos sobre los filos del día;
el rostro en el mar,
las manos rotas,
los ojos esparcidos.
Sólo nos mantiene
la comunión del odio.

III
El sueño cae desde los párpados,
las olas intimidan el reposo.
Aglomerados los astros en mi ventana
vuelvo a sentir eterno el peso del olvido,
hoy,
cuando la distancia y el tiempo
parecen no tener significado.

IV
Ayer soñé
y la infancia volvía como antes,
con las manos llenas de sorpresa,
sigilosamente.
Por nuevos senderos de la casa,
el viento se enredaba en mi cabello.
Sobre las tapias más altas
yo señalaba mi descubrimiento,
mi encuentro con la noche.
Acababa pues
de descubrir la noche,
las constelaciones,
los meteoros,
los planetas errantes,
y sobre todo la lengua larga,
hermosa,
de la Vía Láctea.

V
Cuando dentro de nosotros
se desgajan en un firmamento sin fin
aves agoreras;
cuando dentro de nosotros
se levanta la niebla entre vigilias
y se inquietan la luz,
la brisa,
los misterios;
cuando en nuestra carne se hace la Anunciación,
sólo una sombra larga
se funde con la noche.

Jorge Ruiz Dueñas

El durmiente (17-VII-2017)

A veces dormías y yo estaba como nunca sola. Odiando tu respiración, el roce de tu mano sobre mis piernas. El espacio en que se había dormido tu deseo. Ya no te importaba mi carne ni esa soledad ni ese reclamo. Abandonabas el peso de tu cuerpo sobre las sábanas, dejabas que cayera todo; yo caía también. Estaba dentro de un sueño ajeno, ya no era mía mi respiración ni mi sangre era mi sangre. Yo era el miedo.
         Nadie me escuchó llorar. Nadie se dio cuenta del frío. No hubo manera de evitar esa caída. Nadie pudo despertarte.

Mónica Braun

Soledad (16-VII-2017)

Nadie va a salvarnos.
Ni el amor, ni la fe, ni la palabra.
Nadie va a saber que fuimos tantos
embarcados en el haz de la ternura,
angustiados y desnudos, 
errantes y remotos.
         Nadie hablará por nadie.
A cada quien se le rompe el alma
con sus propios días mal escritos
o se le seca la espiga del mundo
cuando apenas la roza con sus manos.
         Nadie va a defendernos
de la querella del silencio
ni a amarrarnos el nudo de la vida
o de los zapatos. Nadie
va a lavarnos de noche el corazón
con las gotas apuradas del sueño o del cariño
para aliviarnos del rudo, misterioso animal
que ama y carga nuestro nombre por el mundo.
         Nadie va a salvarnos
de morir siempre a destiempo
prematura o viejamente agradecidos de lo simple,
aguerridamente tristes, y juntos, en la muerte.
Nadie va a mirarnos rodar en la ceniza
(somos incompetentes para la eternidad).
Nadie buscará los sitios
donde trazamos el alma alguna noche
con el mudable entusiasmo del amor o del instante.
No quedará tal lugar.
No quedarán los aromas ni los días ni los ecos.
         Nadie va a explicarnos
porque estar aquí es ver morir una estrella en la nieve,
prender una fogata en la noche,
quemarnos los párpados con lágrimas azules,
fumar un cigarro antes de que la lluvia termine.
         No tenemos tiempo de saberlo todo ni de amarlo todo.
Nadie fabrica el pan de lo divino.
Hemos jurado tantos nombres en vano,
y hemos caído alguna noche de rodillas
cerrando los ojos
porque el silencio fue la única oración
que guardaron nuestros labios,
pero no bastó para decirle a dios
que estamos solos.
         Solos frente a la primera lluvia
de una infancia de aguaceros,
frente a los trenes negros de una interminable madrugada,
bajo la sombra del oyamel
que perfumó las manos de mi abuela
en una helada montaña donde aprendieron mis pies a caminar.
Solos junto al grito de dolor de los que se aman,
solos en el instante desnudo de la gracia o la verdad,
solos junto al fruto
de ese cuerpo que amanece en nuestros brazos.
         Solos en la espesura ancestral de nuestros muertos
y en los barcos donde zarpa la dicha o la amargura
y junto a ese desconocido que todos los días
se quita lentamente la máscara, el abrigo y las palabras
frente a la noche del mundo.
         Nadie va a salvarnos.
Nadie va a saber que lo sabemos.

Jorge Fernández Granados

Despertar… (15-VII-2017)

Despertar
entre sudor y luz de día
enredada en tus piernas
con una carta en la memoria
y las muertes todas: las del amor
y los amigos, accidentes de coche,
de guerra, fusilamientos y un suicidio.
Todas en una mañana de sol
cuando tus piernas me sueltan
y los nombres de la muerte corren
de la cabeza al pecho formando
un huequito que duele cuanto el hambre.
Como la tristeza de mi amigo
que llegó por teléfono con su veneno para ratas
una mañana en Londres;
como las balas de la noche
que dejaron unos ojos de muchacha abierto
al ladito del hotel de San Salvador.
Despierto enredada en tu saliva
me suelto con el huequito que se agranda
mientras la pasión de mi vida
llega a los treinta años y no a los dieciocho.
De repente saber que no es cierto
que pasiones tuve muchas
y me duele su agonía.
Tuve ideas amigos caballos un partido
una casa en Siracusa con biblioteca hexagonal
la casa de Edoardo en Trastévere
mi casita en San Jerónimo.
Tuve viajes que llenaron vacío con panoramas
el socialismo y las esperanzas turcas
el sueño de Allende
Arafat y Palestina
la pelea verde de Alemania.
Tú sigues dormido
mientras mi hueco se agranda cayendo en él
caras del pasado.
Duele no saber ya qué creo
y juego al dolor
con el coche de Eugenio volteado en Colima
con el asesinato de Carlos en las montañas de Nicaragua
con la desaparecida cara de Ashour
mostrando los signos de la tortura israelí, muerto de risa
y aun con el idiota de mi primo
que se colgó de un ciprés
frente a su casa
para que la madre al volver
se sintiera culpable
de no haberle regalado una moto de cross.
Y juego al dolor
me regodeo:
es tanto el tiempo del sufrir menudo sin gloria
                                                      [sin regreso
es esa angustia de no saber cómo escribir
la carta a quien me ama
para asesinarle su proyecto de mí.
Y de repente quiero llorar y no puedo
miro tus piernas te siento dormir.
El huequito se traga al pasado
quiero decir que puedo, puedo aunque duela
porque Chile y Turquía tendrán libertad
y Palestina su tierra
puedo porque al destruir las máquinas
habrá trabajo y los niños ya no se suicidarán
puedo porque los muertos viven en el recuerdo
porque mis amantes hoy son felices
puedo porque la ideología se ha transformado en
                         [sentimiento y es aún más fuerte
y porque duermes a mi lado y
nunca tuve dieciocho años.

Francesca Gargallo