Cinco muchachas del barrio (23-IV-17)

La foto es colorida
Las muchachas del barrio sonríen
a quien solicitó una palabra simultánea
y oprimió el obturador.
          La foto es anterior al terremoto de 1985,
anterior a la pérdida,
anterior al deterioro de los tiempos.
          Sólo cuatro de las cinco chicas sonríen.
Tal vez una de ellas no atendió la señal
o miraba hacia un recuerdo muy lejano.
          ¿Por qué tengo esta foto de las cinco muchachas?
          Al imprimir el instante de la luz en el papel sensible
nadie sabe cuál de ellas morirá unas semanas más tarde
en una curva traicionera
junto al muchacho que apenas aprende a dirigir
y sustrae el automóvil del padre adormilado.
          ¿Quién de ellas casará con el joven heredero
que no llegó a la fiesta de esa noche?
          ¿Cuál de ellas vivirá en el extranjero
con un hombre que la golpea y le enseña
a inhalar un polvo de entusiasmo fugaz?
          ¿Y cuál es la que busca a una hija extraviada en la frontera?
–Si creemos que lo único que ha perdido es la juventud
estamos equivocados–.
          La muchacha que en la foto no sonreía
es la única que está sonriendo ahora.

Eduardo Langagne

 Migrante II (22-04-17)

Lanzado hacia la flor
de los vientos,
aun así
pediría una brizna de respeto
a mi dignidad.
          Y desearía cerrar los ojos
y antes de dormir
ver una luz,
un camino,
Una puerta abierta para mí.
Y en mis sueños
un rumor de palabras conocidas,
unas palabras que entienda: un buen deseo
una buena intención, un Dios te guarde.
Caminar en un lugar en donde pueda
ir libremente.
Un lugar en donde me conozcan
por mi nombre y mis hechos
en el buen tiempo, o bajo la tormenta,
por quien he sido, quien soy:
un hombre solo,
sólo un hombre.

Dolores Castro

Gaviotas (21-IV-2017)

Gaviotas


“Pero si quieres volar
–me decían las gaviotas–
¿qué tanto puedes pesar?
Te llevamos entre todas.”
         Yo me quité la camisa
como el que quiere nadar.
(Me sonaba en los oídos
“¿Qué tanto puede pesar?”,
expresión muy dialectal.)
         Unas muchachas desnudas
jugaban entre las olas,
y aun creí que me decían:
“Te llevamos entre todas”.
         Al tenderme boca arriba,
como al que van a enterrar,
el cielo se me echó encima
con toda su inmensidad.
         O yo resbalé hacia el aire
o el mundo se nos cayó,
pero que algo se movía
nadie me lo quita, no.
         Eppur si muove –exclamé
fingiendo serenidad.
Me decían las gaviotas:
“¡Pero si quieres volar!”
         Allá abajo, los amigos
se empezaron a juntar:
¡mi ropa estaba en la arena,
y yo no estaba en el mar!
         Yo les gritaba su nombre
para más tranquilidad:
¿quién había de escucharme,
si hoy nadie sabe escuchar?
         Ellos alzaban los brazos,
ellas hacían igual.
Comprendí que estaba muerto
cuando los oí llorar.

Alfonso Reyes

No es que muera de amor (20-IV-17)


No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
         Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
         Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza,
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
         Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.
         Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
         Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Me muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
De nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Jaime Sabines

De “La playa” (19-IV-2017)


7.

Los seres que yo soy se despedazan.
Ungen sus órganos con aguardiente
y un paño macerado a cielo abierto.
Vocabularios en plena desesperación.
Palabras caídas de las manos
lamidas por los perros de la calle.
Nadie me entiende. He decidido escrutar
el limbo de otras oraciones, pliegues
en la materia del olvido.
              Animales y larvas
              dulces ensoñaciones de alguien que fui
              alguien posible, un apenas reflejo
              en la lámpara de kerosene.
Miles de cucarachas me recorren. Fuego en mis manos.
              Caminé mirando el mar junto a los hombres
y vi dentro de sus ojos
             un bosque de abedules a un lado de la sombra
donde un murciélago volando, azul color de plata,
gritaba en la penumbra de un corazón de pájaro.
              Era el tiempo del hambre en la isla del pez rojo,
en los huertos de ablución y buena suerte.
              Era el tiempo de la piedra
cuando la tarde se nombraba a golpe
entre las alas de las aves y un Cristo arrodillado
caía de bruces en todas las postales.
              Era el tiempo simplemente
y yo veía pasar antiguos dioses trabajando
en las hortalizas
junto a las viejas lenguas de los hombres.
              Era la niebla entonces
              y yo
              tenía el miedo de los hombres.

María Baranda

El arte de escribir (18-IV-2017)

El arte de escribir consiste en violentar las palabras, ponerlas en predicamento para que expresen más de lo que expresan. El arte literario se reduce a la ordenación de las palabras. Las palabras bien acomodadas producen una significación mayor de la que tienen aisladamente. De allí que palabras vulgares, desgastadas por el uso, vuelvan a relucir como nuevas. Las palabras son inertes de por sí, y de pronto la pasión las anima, las levanta, las incluye en el arrebato del espíritu. El problema del arte consiste en untar el espíritu en la materia.

No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana; en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiendo.

Juan José Arreola